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La aldea, de Alberto Pedrotti
Calixto llegó a Almenas de la Sierra cerca del anochecer, con sus tristes calles empedradas ya desiertas y el olor a tierra de cultivo recién regada.
Sus pasos resonaron en las piedras, rebotando contra las paredes, rompiéndose en cincuenta ecos.
Cerró los ojos tratando de recordar dónde y cuándo había vivido aquello antes y se dio cuenta que fue aquel día, ya tan lejano para él, en que se enteró que su padre había muerto.
Bien, pues allí estaba de nuevo, deseando abrazar a su madre y a su abuela.
Pero el desconcierto se apoderó de él cuando llegó a su casa y vio la ruinosa condición en que se encontraba.
“Estupendo”- pensó-. “Han tenido suficiente como para mudarse de casa”.
Sin embargo, no había tenido tiempo de terminar aquel pensamiento, cuando una lucecilla tenue, casi moribunda, pasó frente a la ventana.
El pellizco del sexto sentido se le agarró a la boca del estómago.
Tragando saliva y con paso inseguro, se acercó a la puerta y apoyó en ella la mano con intención de llamar, pero ésta se abrió nada más posar los nudillos en ella. El chirrido escandaloso rasgó el pesado manto de silencio de la noche.
Una figura menuda y blanca se volvió sobresaltada, la palmatoria oxidada cayó de sus manos y el mísero cabo de vela se apagó al dar con el suelo.
El rayo blanco de la luna que entró por la ventana, iluminó el aterrado rostro de Águeda, que no reconoció en aquel hombre tan apuesto a Calixto.
-¿Águeda?
Ella no respondió, pero retrocedió cuando aquel hombre dio un paso hacia ella.
-Soy Calixto.
La mirada de la chiquilla se iluminó y se echó en sus brazos.
Estaba temblando como un pajarillo y sus inocentes lágrimas enternecieron a Calixto.
-¿Qué ha pasado? ¿Y mi madre y mi abuela? ¿Dónde están?
Águeda, más calmada, señaló la habitación que había pertenecido a los padres de Calixto.
Calixto entró en ella.

Muerte de la Virgen, de Caravaggio
La oscuridad era densa y casi impenetrable, pues la única ventana de la habitación estaba tapiada con maderas mal clavadas.
Cuando los ojos del joven se acostumbraron a la densidad de las tinieblas, su corazón se llenó de horror, los ojos de lágrimas y la boca de bilis, porque acostada sobre las sucias sábanas llenas de vómitos y pus, se hallaba el cadáver amarillento de su madre, amortajado, con los rasgos afilados de los muertos.
A Calixto le hubiera gustado acercarse, arrodillarse a su lado, orar por ella y darle el último beso en la frente, pero la sola idea lo llenó de espanto y huyó de aquella habitación desolada, quedando sentado en el suelo, llorando amargamente.
Águeda se aproximó a él y, acuclillándose a su lado, acarició los oscuros cabellos de su amigo.
-¿Cuándo murió?
-Hace…- Águeda miró con sus ojillos redondos al techo mientras contaba con los dedos-. Hace… dos… tres días.
Calixto no supo reaccionar.
-¿Tres días? ¿Y cómo no la han enterrao?
-El cura no quiere. No hay dinero.
-¡¿Cómo que no hay dinero?! ¡¿Y to el que he mandao en este tiempo?!
-Las han endeudao hasta tal punto sólo pa cogerme a mí.
Calixto miró hacia la puerta, que había vuelto a abrirse para dejar paso a una figura altiva y digna.

“Bandolero”, de Joaquín Agrasot
Cuando el rayo de luna incidió sobre su rostro, reconoció al “Azabache”
Calixto se levantó poco a poco, sin saber muy bien qué hacer: darle la bienvenida o coserlo a cuchilladas:
-Si haces lo que estás pensando, Mejías, volverás a ganarte al pueblo, pero me habrás entregao a los asesinos de tu padre y de tu madre y abuela.
Calixto saltó sobre el bandolero y lo acogotó contra la pared.
El “Azabache” no opuso resistencia.
Águeda gritó y sujetó a Calixto:
-No, no, no, no, no, no. Él enterró a la abuela cuando estaba muerta. Vino y la enterró, si no, estaría aquí.
Pero Calixto no aflojó:
-¿Qué sabes tú de to esto?
-Después de la muerte de tu padre, tú bien sabes que nadie quiso darte trabajo. Cuando te marchaste a Sevilla, traté de hacerle llegá algo a tu madre y a tu abuela pa que pudieran ir tirando p´alante. Se lo debía al “Aceituno”. Pero me interceptaron. Pude escapá con una bala en el hombro y otra en la espalda. Pa entonces había cercao la casa de tu familia con guardias civiles con la orden de abrí fuego al primero de nosotros que asomara por allí. Don Benito, el cura, don Rodrigo Albéniz, don Augusto Ordóñez y don Bonifacio Peralta ofrecieron aliviá su miseria a cambio de que me tendieran una trampa y podé cazarme como a un zorro. La bendita de tu madre se negó, alegando, como más tarde supe, que aquello sería como matá dos veces a Eustaquio. Entonces comenzó a llegá tu jorná y estos cuatro “caballeros”-, resaltó al palabra caballeros-, amenazaron al pueblo haciendo correr un bando que decía que si ayudaban a tu familia, los fusilarían. Tu madre no tenía forma de hacerte llegá ná, y aunque hubiera podío, dudo que lo hubiera hecho. Era orgullosa. Pa entonces tu abuela ya había muerto. Mandé a mis hombres pa que le dieran sepultura en la oscuridá de la noche al sabé que se le había negado un entierro santo. Uno de ellos cayó muerto por los tiros. Al poco comenzaron a llegá grandes sumas de dinero, supongo que de tu carrera como torero, pero tampoco sirvió de mucho. La agonía de tu madre debió sé horrible, tené la fuente tan cerca y no podé bebé de ella. Catalina trató de comprá por ella, pero la descubrieron y la fusilaron, tal como prometieron que haría. Aquello fue un escarmiento pa to el pueblo. Fueron muchas las veces que traté de ponerme en contacto contigo, pero no lo conseguí nunca. Siento mucho lo ocurrío, chico.
Calixto, presa de una ira enloquecedora, golpeó el cuerpo del “Azabache” contra el muro.
-¿Lo sientes?- preguntó con voz ronca-. ¿Lo sientes, dices? ¡Cobarde, que no tuviste agallas pa vení a entregarte y dejaste morí a tres mujeres indefensas! Debería rajarte.
Y abrió la navaja ante los ojos tranquilos y serenos del “Azabache”.
-Pos haz lo que tengas que hacé, muchacho, porque no tengo escusa. Tienes to la razón. Estuve al borde de la muerte por culpa de una de las balas, pero eso no me habría tenío que habé impedío entregarme. No lo hice y ya no hay marcha atrás. Ahora tienes dos caminos: matarme aquí y ahora o unirte a mí y luchá contra los opresores.
Calixto apretó los dientes y la navaja contra el cuello del bandolero, haciéndolo sangrar.
hola issisgabriel te escribo saludandote y deseando tengas muchos exitos en tus estudios . y en todo lo que hagas en tu vida