
Camino de la Plaza del Pozo Santo, por Almutamid
Cuando dando las doce en punto el hombre llegó a la Plaza del Pozo Santo, él ya lo estaba esperando allí.
-Así que al finá has tenío cojones pa vení.
Calixto, que llevaba esperando un cuarto de hora, no contestó.
Pepe avanzó hacia él con el cuchillo en la mano:
-D´aquí no vas a salí vivo, tío mierda.
Calixto se colocó frente a él sin hablar. Sonrió con desdén al darse cuenta que su contrincante no había podido resistir la tentación de embriagarse, aunque aquello no hizo que lo subestimara; sabía que había hombres a los que el alcohol les despertaba la astucia.
-¿Qué pasa? ¿Eres mudo?
Calixto siguió sonriendo, sin responder, y ambos hombres comenzaron a rotar, midiendo las fuerzas del enemigo.
Calixto sostenía la navaja firmemente en la mano, pero sin agarrotarla.
-¿Sabes que tu zorra gimió de placé ayé, cuando la tomé de nuevo?
Los ojos de Calixto se entornaron y refulgieron como los de un animal salvaje, pero controló su ira y siguió girando, a la espera del ataque.
Pepe fue el primero en dar el paso y la hoja de su navaja rasgó el aire, silbando frente a las narices de Calixto, que retrocedió y también atacó, hiriendo a su enemigo en la mejilla.
-¡Hijo de puta! Voy a matarte, so cabrón.

Imagen tomada del blog “El mirador impaciente”
Calixto, sin perder la sonrisa, le hizo un gesto con la mano para que se acercara, y con aquella provocación, Pepe cayó en la trampa.
Corrió enfurecido hacia el joven.
Calixto dejó que se acercara ycuando el proxeneta se hallaba a medio metro más o menos, el torero, llevando como un relámpago su mano atrás, extrajo de su espalda una banderilla que había estado oculta hasta aquel momento y, con la misma celeridad, la clavó profundamente en la garganta de Pepe, que cayó a tierra sobre sus rodillas, con la punta de hierro de la banderilla asomando por la nuca.
Miró estúpidamente a Calixto, con el asombro pintado en los ojos, y cayó sobre su rostro, muerto.
-¡Alto ahí!
La voz sobresaltó a Calixto, que a la luz de los faroles pudo ver una patrulla comandada por don Raimundo, que reconoció a Calixto de inmediato.
-¡Quedas detenido, “Mochuelo”! ¡Alto en nombre de la ley!
Pero Calixto, maldiciendo entre dientes, ya había echado a correr con la patrulla pisándole los talones.
Nunca sus pies habían sido tan ligeros y tras despistar a los guardias, se dirigió a la casa de Cipriano, que sobresaltado por las impacientes llamadas, abrió con los pelos desordenados y los ojos espaventados.

La persecución de Diana, de Arnold Böcklin
-¿Qué pasa?
-Necesito ayuda-. Jadeó Calixto.
Cipriano lo hizo pasar y cerró rápidamente la puerta.
Mientras lo hacía sentar en el humilde salón y le servía un buen lingotazo de aguardiente, Calixto le contó todo.
-Me temo que estás en un buen lío. No puedes quedarte en Sevilla. Eres demasiao conosío.
-¿Y qué hago entonces?- Calixto se pasó la mano por el pelo.
-Tienes que irte, desaparesé.
El joven se echó hacia atrás con una sonrisa irónica en los labios y movió la cabeza:
-Yo no soy de los que se esconden, Cipri.
Por primera vez vio al tabernero enfadado con él:
-¿Pero qué insinúas, cabesa de shorlito?
-Voy a entregarme. No tendría que habé salío corriendo.
Cipriano le apretó un brazo:
-Pero, ¿tú sabes lo que te espera? No. No tienes ni idea: el garrote. Eso es lo único que vas a conseguí con esa estúpida idea.
-Puedo decí que fue en defensa propia.
-Sí, claro. Sales a paseá de noshe con una banderilla porque… ¿Por qué, Calisto?
-¡Mierda! Se me olvidaba ese detalle.
-Mu propio de ti.
Cipriano se quedó mirando durante unos momentos a Calixto y luego chasqueó la lengua:
-Has matao a un hombre, moshuelo. Y se lo merecía, se merecía terminá así, Dios lo sabe, pero tú estás metío en un buen lío, porque la justicia no perdona a nadie.
-La justicia. Si la hubiera no tendría que haberla buscao yo por mi cuenta.
-Y estoy de acuerdo contigo, pero la cuestión es que tienes que salí de Sevilla antes de mañana.
-¿Y Pepita?
-Olvídate de ella por el momento, loco. Ahora lo importante eres tú. Te prometo que cuidaré de ella. ¿Llevas dinero?
-No.
Cipriano salió un momento de la habitación y volvió con un puñado de billetes.
-Ea, con esto tendrás por el momento.
-Cipri…
-No me discutas. Cógelo. Sale un carromato dentro de una hora. Cógelo y vete.
Calixto cogió el dinero.
-Iré a…
-¡No! No me lo digas, que no quiero saberlo. Cuanto menos sepa, mejó.
-Cuida de Pepita y dile que volveré a por ella. Que ya no tenga más miedo.
-Descuida. Pero en mi opinión, deberías dejarla.
Calixto terminó el aguardiente, guardó el dinero y se hizo el sordo:
-En la casa hay suficiente dinero. Que no le falte de ná. Y tú cóbrate esta deuda.
Cipriano le propinó una colleja:
-Déjate de tonterías, moshuelo, y aligérate, no vaya a sé que lleguemos tarde.