
Personaje corriendo Xilografía, de Seoane Luis
En las calles oscuras y vacías se escuchaban tan sólo el resonar de los zapatos de Calixto contra el empedrado.
La camisa empapada se le pegaba al cuerpo, pero no se dio descanso y llegó jadeante a Los Pajaritos, donde lo esperaba Cipriano, que lo había mandado llamar.
-¿Cómo está?- se apresuró a preguntar Calixto apenas sin aliento.
-Vivirá. Las heridas son superficiales, pero está hundía.
-¿La ha visto un médico?
-No ha querío.
Calixto intentó franquear la puerta, pero Cipriano lo detuvo.
-No quiere verte. Si te he esho vení es pa que sepas que está fuera de peligro.
-¿Cómo que no quiere verme?
-Por lo visto ese hijo de perra t´ha citao pa mañana por la noshe y ella no quiere que vayas. Si la ves ahora, vas a í seguro.
-Voy a ir tanto si la veo como si no, así que apártate.
El carbón encendido de los ojos de Calixto tuvo la virtud de que Cipriano, acobardado, se apartase.
Calixto pasó y en una mesa vio el cuerpo derrotado de Pepita.
Se acercó a ella y se arrodilló para poder verle el rostro, que lo mantenía bajo, pero el cabello lo tapaba.

Magdalena, de George Frederick Watts
Calixto extendió la mano para apartárselo con dulzura, pero ella se lo impidió al sujetarle la muñeca.
Uñas rotas, arrancandas, sangrantes.
-No tengas miedo, tesoro.
Al escuchar la tierna voz de Calixto, la joven estalló en sollozos.
-Antes no me habría importao tanto, pero tú has sío tan bueno, me he acostumbrao tan pronto a tu trato…
Calixto cogió las manos de Pepita y las besó tiernamente:
-Tenemos que ir al médico.
Pepita negó:
-Lo que él te va a desí, también te lo puedo desí yo. Vuervo a sé lo que siempre fui, Calisto. Una…
Calixto le puso un dedo en los labios y ella se apartó con un quejido. Esta vez no impidió que Calixto echara su cabello hacia atrás y, aunque el horror no asomó a los ojos del joven, la boca se le quedó seca como el estropajo.
El rostro de Pepita era una completa máscara morada. Ni un trazo de su piel había quedado a salvo de la paliza:el ojo derecho aparecía impresionantemente hinchado y tumefacto y el vestido, junto con las prendas interiores, estaba rasgado de arriba abajo y sólo las manos ensangrentadas de Pepita lo mantenían cerrado. Sobre el pecho izquierdo, un mordisco se había llevado parte de la piel.
Calixto acarició la cabellera de Pepita y sólo entonces se dio cuenta que había trozos en los que le faltaba pelo.
La joven se derrumbó sobre los hombros de él y Calixto hubo de alzarla entre sus brazos.
Cipriano, que había visto toda la escena desde un rincón, callado, avanzó hacia él:
-¿Quieres que te busque un carro?
-Traigo el mío. Lo he dejao a la entrá de la calle.
-Calixto…
La dureza del rostro del torero contrastaba enormemente con la ternura con que sostenía el cuerpo de Pepita.
-Tú sabes dónde m´ha citao el cabrón ese, ¿no?
-Sí, pero…
-Dímelo.
-Prometí que…
Calixto avanzó amenazador y decidido hacia el tabernero.
-Me lo vas a decí porque soy capá de recorré to Sevilla hasta encontrá al hijo de mala madre ese. Y sé dónde encontrarlo con seguridá.
-Mañana a las dose de la noshe en la Plasa del Poso Santo.
-Pos allí estaré.
-Calisto…
-Y no hay más que hablá.
Dio media vuelta con Pepita desvanecida en sus brazos y salió de la taberna.