Los días pasaban deprisa, aunque cada vez se hacían más largos. Sin embargo Pepita nunca había sido más feliz. Pasaba su vida en una entregada contemplación de Calixto, al que había endiosado, y, si había algo que la afligía, era la certeza de que su amor no era correspondido como ella hubiera deseado.
El joven no podía ser más cariñoso y atento y sus noches eran apasionadas y asombrosamente tiernas, pero, como cualquier mujer, podía leer en su corazón y le apenaba la forma en que él se había atado a ella, consciente que una vez comprometido, Calixto nunca le sería infiel, nunca le haría daño aposta.
Pepita no sabía qué hacer para complacerlo, agradecida como estaba más a sus caricias que a los regalos. Después de varios años recibiendo sólo palizas y vejaciones, aquellas deferencias para con ella, aquellos besos, aquellas suaves caricias en su rostro para apartar los rebeldes cabellos, le parecían mil veces más valiosos que el oro o las esmeraldas, y no hubiera cambiado las dulces palabras ni por la corona de España.
Así pues, cuando una tarde, tras haber ido a ver a la Macarena aprovechando una reunión de Calixto con su apoderado, y tras haber pasado por el mercado a comprar unos claveles para ponerlos en el altar, la sorprendió una sensación olvidada: el miedo y el dolor que se extendió por todo su cuero cabelludo al recibir el fuerte tirón de pelos que la obligó a abandonar la calle para verse arrastrada a un callejón sombrío, donde se encontró dolorosamente sujeta por lo cabellos y con una navaja en el cuello frente al demonio de sus sueños, no ya Pepe, sino su verdugo y torturador.
Mujer maltratada con un bastón, de Goya
El miedo hizo que un nudo le atenazara la garganta, que los ojos se le desencajaran y que una humedad repentina corriera piernas abajo.
-¿Qué pasa so puta? ¿M´as eshao de menos?
Pepita, con la tez pálida de muerte, no pudo contestar.
-Parece que has dao con un tesoro y creo que ya sé de quien.
El aliento de Pepe olía a alcohol y sus ojos inyectados en sangre eran las puertas del infierno.
-Te parecerá bonito, so guarra, que te estés revolcando con el hijo de mala madre que me entregó a los gendarmes, ¿no? ¿Te joe bien el cabrón?
La mujer sollozó y la hoja de la navaja presionó más su garganta, rasgando la piel.
-¡Cállate! Mira, le vas a dá un recaíto al torerillo ese de pacotilla. Le vas a decí que si tiene güevos, que mañana nos encontramos en la Plaza del Pozo Santo, a las doce en punto-. Acercó su cara a la de Pepita y le habló echándole el hediondo aliento en la cara-. Y tú me vas a asegurá de que venga.
Y de un fuerte tirón desgarró el traje de la aterrorizada muchacha.