
La vocación de Mateo, de Caravaggio
A primeros de Mayo volvieron a Sevilla, tras haber recorrido Madrid, Valencia y Córdoba.
Pepita volvió cubierta de joyas y enamorada como nunca lo había estado.
Calixto lleno de gloria y fama.
El gordo Cipriano le dio un fuerte abrazo cuando lo vio entrar por la puerta y estuvieron hablando hasta bien entrada la madrugada.
Cipriano había seguido cada uno de los triunfos de su amigo.
-¿Por qué no viniste a la corría en Córdoba? ¿No te llegó la carta?
-Sí, pero ya sabes cómo es esto. La taberna es mú sacrificá.
Calixto asintió, comprensivo, mientras jugueteaba con el vaso de vino, pasándoselo de una mano a otra.
-¿Y la Pepi? ¿Cómo está?
-Mu bien, mú contenta.
Cipriano sonrió:
-¿Y tú?
-Yo la quiero mucho. Le debo tantas cosas… y soy felí si ella también lo es.
-Pero no la amas.
-Es entrañable y se hace queré, pero ya sabes que no la veo de esa forma. Me produce mucha ternura, pero no la amo, como tú bien has dicho.
El tabernero sonrió:
-La gente te critica. No meten las narices en tu vía profesioná, que es intashable, pero critican tu vía personá.
Calixto, molesto, levantó la mirada:
-¿Y a ellos qué coño les importa lo que yo haga con mi vida? Les doy el espectáculo, pero mi vida es mía.
-No te enfades conmigo. Yo bien sabes que no me meto. Sólo te lo digo, por si no lo sabías.
Calixto apuró de un trago su ron y apretó los dientes:
-Deberían mirá más sus propias vidas y arreglá las cosas que fallan en ellas que está pendientes de la de los demás. ¿Qué les importará a ellos con quien me acuesto y con quien me dejo de acostá?
-Es lo que conlleva sé una imagen pública.
-¡No!- El fuego danzó en los ojos del joven-. No. Yo tengo un trabajo, que es procurarles entretenimiento y cuando éste acaba, ahí, en ese punto esacto, termina mi compromiso con ellos. Si quieren jugá a sé jueces, que juzguen mi trabajo, pero mi vida privada es eso, privadamente mía y de nadie más. Que hablen si quieren, eso nadie lo puede impedí, pero yo no seré la marioneta de nadie. La fama no va a hacé de mí su esclavo. Ella es la que me sirve, y cambiá los papeles es un grave erró.

Campesino con vaso de vino, de Noieraut L.
Hubo un largo silencio durante el cual el reloj dio las tres.
Calixto, atraído por el sonido, lo miró:
-¿Te gustó?- preguntó señalándolo.
-Musho. Ha habío clientes que han venío espresamente a verlo. Da categoría.
-Cuando lo vi en Madrí, enseguía pensé en ti, en lo bien que quedaría aquí y en lo que te gustaría.
Volvieron a quedar en silencio.
-Bueno, voy a irme.
Dejó el vaso sobre la mesa y fue a levantarse, pero Cipriano lo sujetó de la muñeca:
-Calisto, hay argo que no t´e disho.
El joven miró la cara grave del tabernero, que se pasó la mano por el bigote para enjugarse el sudor:
-Er Pepe, er marío de la Pepi, está otra vé en la calle. Ten cuidao. Si lo ves vení por la asera, crusa la calle y no te interpongas en su camino.
-Que tenga él cuidao conmigo, que a mí no se me han olvidao las palizas que Pepita se ha llevao de él.
-Es peligroso.
-Yo también.
Y en los ojos de Calixto vio brillar Cipriano una llamita de maldad que antes nunca había estado allí.
-¿Qué te han esho por allí, moshuelo, que has llegao tan cambiao?
-Que he visto mundo, Cipri, y conozco al ser humano. Que he abierto los ojos. Los “amigos” se arriman al sol que más calienta y por detrás murmuran del que admiraron cinco minutos antes.
Cipriano se aproximó a Calixto y lo sujetó amistosamente de los hombros:
-Prométeme que tendrás cuidao.
-El necesario, no te preocupes.
Y tras abrazar al gordo tabernero sin lograr abarcarlo por completo, salió de Los Pajaritos.