
La faraónica, de Ignacio Zuloaga y Zabaleta
El espectáculo que ofreció Calixto en Madrid terminó por hacer de él la personalidad más distinguida y deseada en las reuniones sociales.
En poco tiempo su fama llegó a superar la del propio “Lagartijo” y a la de Pepe Hillo, y las ofertas de trabajo con el dinero que conllevaban, le llovían del cielo.
Calixto no permitía que Pepita se separara ni un instante de él, la llevaba a todos lados, a todos sus viajes, y la sentaba en el palco de honor para que l viera torear. Llenó los armarios de la joven de elegantes trajes, de tal forma que hubiera podido estar un año entero sin repetir prenda. La cubrió de joyas y las rosas blancas no faltaban nunca en su habitación.
Sentía por aquella criatura, a la que creía tan desvalida, una profunda ternura. La quería proteger de todo aquello que hasta el momento la había estado dañando y le hubiera partido la cara y arrancado las entrañas a cualquiera que hubiera osado insultarla. Pero delante del torero nadie hablaba mal de Pepita, aún cuando en voz baja y sobre todo en los corrillos de las damas se criticaba su antigüa profesión, su falta de educación y su carencia total de clase, aduciendo éstas a su forma de hablar y a la falta de desgana y languidez propias de las damas distinguidas. En ese punto la joven, entusiasmada ante aquel esplendor que se derrochaba en un mundo que hasta entonces le había estado vedado y del que no tenía la más remota idea, no se molestaba en ocultar su admiración, su apetito ni su alegría con aquella conmovedora inocencia que a Calixto le removía el alma.
No faltó una sola actuación del joven torero en la que no distinguiera a su amiga entre todas las demás damas que tiraban flores y pañuelos, lanzándole, al final del espectáculo, una rosa blanca que previamente llevaba prendida en el ojal de la chaquetilla.
Nunca trató Calixto de aprovechar la situación de Pepita para llegar a fines deshonestos y cobrarse aquellas distinciones. Y jamás aceptó invitación de otras damas a que las visitara alguna que otra tarde en sus mansiones, aprovechando la oportunidad de encontrarlas a solas. Podía ser que no tuviera un compromiso afectivo más allá de la amistad y la protección de su amiga, pero no quería insultarla de aquella forma.
El dinero mandado a su casa era cada vez más abundante, junto con larguísimas cartas a su madre y a su abuela, las cuales nunca tuvieron respuesta.
-Me siento mal por no ir a verlas-. Se quejó un día mientras cenaba con Pepita.
-No deberías. Estás demasiao ocupao. Ya habrá tiempo.
Calixto revolvió la comida en su plato con el pesado tenedor, desganado.
Pepita se levantó y se acercó a él, acariciándole el pelo.
-Podrías mandá a por ellas.
Calixto negó.
-No sería justo someterlas a un viaje tan largo hasta aquí, para luego hacerlas ir de un sitio a otro. Mi abuela está mayó y no lo aguantaría.
-Sí, la verdá es que es cansao.
-¿Estás harta de esta vida?
Calixto miró a Pepita, que con sus dedos enroscados en los cabellos de él y con la otra mano bajo su barbilla sin afeitar, sonreía dulcemente.
-No. ¿Cómo podría cansarme, Calisto? Estoy viviendo er cuento de la Senisienta.
-Cuando quieras volvé a Sevilla, yo te compro allí una casa y podrás viví en ella. Te aseguro que no te va a faltá de ná.
Los oscuros ojos de Pepita se entristecieron:
-Pero sí que me fartaría, Calisto. Me fartarías tú. Yo ya no podría viví sin ti.
E, inclinándose sobre él, lo besó suavemente, con miedo. El corazón le latía tan violentamente que el joven lo pudo notar en el pulso de su muñeca, que tenía asida, y en las palpitaciones del cuello, donde su otra mano reposaba.
La piel de la joven era suave y elástica y cuando la alzó entre sus brazos y ella escondió, sonrojada, el rostro en su cuello, temió que el corazón le estallara, porque los pechos, redondeados y grandes, subían y bajaban desacompasadamente, como el corazón del pajarillo que se encuentra a merced del cazador.
La llevó al dormitorio de aquella casa alquilada en Badajoz y la dejó suavemente en el lecho.
La observó allí, medio incorporada sobre sus codos, toda sonrojada como una granada, agitada como por una carrera.
Al separar el cuerpo de ella del de él para dejarla allí, fue cuando tomó conciencia del fuego que despedía la joven, pues la parte que había estado en contacto con ella, pecho, brazos y estómago, los sentía fríos, como la sensación de salir a la intemperie después de estar sumergido en un baño muy caliente.
Las lágrimas rodaron por las mejillas de Pepita:
-Bastará una palabra para que salga de aquí.
Pepita miró la cara de Calixto, que sonreía dulcemente:
-No es que no quiera. Es que no puedo ofrecerme a ti como quisiera: limpia y pura, como si fuera una verdadera dama.
Calixto se sentó a su lado y le acarició dulcemente el rostro con el dorso de la mano.
-Tú eres una dama, Pepita, con más clase y corazón que tos esas que ves en los salones de baile, porque eres valiente y fuerte y buena.
Ella lo miró en busca de una señal que denotara compasión, pero en sus ojos sólo leyó la convicción de lo que decía.
Aún con el rostro húmedo de lágrimas, ella lo besó tiernamente y se acurrucó contra su pecho, mientras se abandonaba a unas caricias que llevaba deseando bastante tiempo.

El beso, Gustav Klimt
La aurora los descubrió enredados el uno en el otro y doró sus cuerpos haciendo que semejaran dos dioses griegos de extremada belleza.
Calixto, extenuado, dormía profundamente con el sueño reparador de los limpios de corazón y Pepita, con la cabeza apoyada en su hombro, la derecha de él lánguidamente rodeando su cintura, sus rizados y oscuros cabellos esparcidos sobre la almohada y uno de sus brazos cruzado sobre el desnudo pecho de él, lo miraba emocionada.
Sintió que era la primera vez que le habían hecho verdaderamente el amor, la primera vez sin prisas, sin urgencias, con toda la ternura y delicadeza que nunca pudo imaginar, la primera vez sin la ansiedad del macho que busca exclusiva y únicamente su placer. No había habido movimientos violentos y bruscos y la había acariciado de una forma que… besó aquellas manos.
Él abrió los ojos:
-Te amo, Calisto. No me importa que tú no me ames, no me importa… mi amor vale por los dos.
¿Y él qué podía decirle? ¿Negarlo? La quería. La quería mucho, pero no la amaba.
La estrechó contra su pecho y besó su frente.