
Carmen de Granada, de Julio Romero de Torres
La mujer sonrió provocadora cuando vio la silueta del hombre aproximarse a ella, pero al acercarse a él, la sonrisa quedó congelada en su rostro para terminar desapareciendo.
-¿Qué hases tú aquí?
-Buscarte.
-Pos ya m´has encontrao. Ahora vete.
Y ya daba media vuelta para desaparecer, cuando el hombre la detuvo.
-Pepita, por favó, vamos a hablá.
-Me parese que aquer día quedó to disho.
-A lo mejó tú sí lo dijiste tó, pero yo no.
La joven resopló, se desembarazó de la mano de Calixto y, cruzando los brazos sobre el pecho, quedó frente a él.
-Pos venga, habla.
Calixto echó la cabeza hacia atrás en busca de las palabras apropiadas y maldijo entre dientes al no encontrarlas.
Lo había preparado todo en cada detalle, todas las cosas que quería decirle a su amiga, y ahora simplemente ya no estaban allí.
Por su parte Pepita miraba atentamente a Calixto, en espera de aquello tan importante que tenía que decirle, con los oscuros trazos de sus finas y arqueadas cejas fruncidos.
Aunque sus oscuros ojos y todo su porte denotaban impaciencia y enojo, dentro de sí no podía creer que aquel hombre joven y apuesto tan bien vestido, fuera el mismo chico subdesarrollado que ella encontrara aquella noche, hambriento y terriblemente enfermo.
En verdad Calixto había terminado desarrollando de golpe, gracias a los cuidados de Cipriano y a una alimentación adecuada todo lo que en su pueblo no hubiera dado tanto de sí.
Sus hombros se habían ensanchado, sus brazos musculosos eran el doble de gruesos que cuando llegó a Sevilla. Sus piernas habían crecido de manera singular y se habían robustecido; su rostro había dejado de tener aquella apariencia afilada de navaja para adoptar una forma oval, ligeramente cuadrada en las mandíbulas, y todo él había madurado hasta dejar de parecer un chico desgarbado y frágil.
-Mira, yo…- comenzó titubeando-. Yo… sé que ha dolío, que no querías que pasara esto, pero también sé qué tú sabías que tarde o temprano éste sería el destino de Pepe. Me voy mañana a Madrí, a toreá, y no quería irme sin despedirme de ti, Pepita, porque te aprecio y has sío mi ángel de la guarda to este tiempo. Y por eso mismo no pienso disculparme por lo que hice, porque aunque tú aseguras que querías a tu marío, yo voy a está más tranquilo si él no va a está a tu lao pa pegarte. Ahora si quieres, puedes hacé otra cosa, llevá otra vida. Él ya no está aquí pa obligarte a hacé esto. En la fábrica de tabacos siempre están buscando gente…- La mirada de Pepita seguía siendo fría, pero algo dentro de ella se había emocionado-. Bueno, yo sólo quería despedirme. Si necesitas algo, ve a buscá al Cipri, que él sabe dónde encontrarme. Y perdóname si puedes, no por llevá a los guardias hasta tu marío, sino por el doló que eso te ha causao.
Pepita, con los ojos brillantes, miró hacia otro lado.
Calixto asintió, resignado, y dio varios pasos para alejarse de su amiga, cuando la voz rota por las lágrimas de la joven lo detuvo:
-No es doló lo que siento, Calisto. ¡Es alivio! ¡Y miedo!
Calixto se volvió y se arrodilló ante Pepita, que había tenido que sentarse en un banco.
-Pepita, ¿miedo a qué? Él ya no puede hacerte daño.
Ella movió la cabeza de un lado a otro y trató de hablar, pero las lágrimas y los sollozos la ahogaban.
![]()
Cupido y Psique, de Boguereau
Calixto la estrechó contra su pecho, asombrado de verla así, sin saber qué decir.
Ella, aquella mujer de carácter siempre alegre, dicharachera y soñadora mostraba una faceta que nadie le había conocido hasta ahora, un alma atormentada durante largo tiempo que se obligaba a sí misma a poner una máscara de alegría por miedo a nuevos arranques violentos de su verdugo, que se enfurecía aún más si la veía llorar o quejarse.
Y ahora aquello salía a la luz, todas las lágrimas contenidas durante tanto tiempo rebosaban sus ojos como un bálsamo sanador.
-Ven conmigo a Madrí, Pepita. Deja esta vida y abarca la que yo te propongo.
-Tú estás loco, garloshí-. Contestó ella cuando pudo hablar.
-¿Loco? ¿Por qué loco?
-Por lo que me estás proponiendo. Tú no me amas.
-Aprenderé a hacerlo, Pepita. Te haré la mujé más felí del mundo.
-Calisto, ahora tú tienes una reputasión, eres conosío. ¿Qué quieres? ¿Desprestigiarte ante to er mundo al tomarme por quería? Porque es eso lo que me estás proponiendo.
-Por quería o por lo que quieras. Yo no voy a tocarte un pelo si tú no quieres, Pepita.
La joven volvió a llorar con desconsuelo.
-Pero, ¿qué te pasa?
-Que nadie ha sío tan bueno conmigo desde que mis padres murieron. Y ya hase mucho tiempo de aquello.
-Bueno, ¿entonces?
-Entonces ná, Calisto, que to er mundo sabe que yo soy la “Yegua”, la puta de Sevilla. Y que yo no quiero arruiná tu carrera.
Calixto alzó la barbilla de la joven y le secó las lágrimas.
-Tú ya nunca más vas a volvé a sé la “Yegua”, Pepita. Y nunca más vas a tené que hacé la calle. Te lo juro por estas-. Y se besó la cruz que había formado con sus dedos pulgar e índice.