
Plaza de toros, de Carlos Ruano Llopis
La fama del “Mochuelo” creció como una riada incontrolable.
Pronto le llovieron ofertas y contratos para torear en tal o cual pueblo, de tal forma que, aunque en más de una ocasión quiso volver a Almenas de la Sierra a ver a su madre y a su abuela, se lo impidieron sus múltiples asuntos, aunque no se retrasó ni una sola vez en los pagos que mandaba a su casa.
Muchas veces también había intentado hablar con Pepita, pero nunca la encontró en su casa y no había vuelto a aparecer por Los Pajaritos. Parecía como si la tierra se la hubiera tragado.
Hasta que una noche, mientras hacía una visita a Cipriano, éste le dio noticias de ella:
-La han visto por la calle Feria, en la Alameda de Hércules, Al parecé ha cambiao su territorio de asión.
-Y me temo que la culpa es mía.
Cipriano dejó de limpiar la barra y miró fijamente a Calixto, como si quisiera penetrar en su cabeza y sacarle la información.
-A ti la Pepi te gusta, ¿no?
-Es mi amiga. Quiero protegerla y cuidarla, alejarla de la vida que lleva y de tos esos que pueden hacerle daño.
-Ya, pero, ¿estás enamorao d´ella o no?
-La aprecio.
-No me constestas, moshuelo.
Calixto suspiró:
-No, Cipri, no estoy enamorao d´ella, pero la quiero como a una hermana y sólo quiero darle lo mejó.
Cipriano negó con la cabeza:
-Entonces olvídate de esa mujé, Calixto. Además, ella no quiere sabé ná de ti-. Volvió a limpiar el mostrador, pero sin quitar la vista de encima al joven.
Por fin dejó el trapo y se plantó ante él:
-Mira que sé lo que estás pensando. Te conozco como si te hubiera parío. Y puedes hacé lo que quieras,que pa eso es tu vida. Pero ir en busca de una mujé que no pué verte ni en pintura y de la que no estás enamorao, no es una buena idea. A mí me parece mu bien que quieras protegerla, pero lo harás mejó si la dejas en pá, porque aunque consiguieras lo que te traes en mente, ella terminaría por sé una desgraciá y tú un amargao. Que no sabes lo duro que es hesharte una carga como esa sobre tus hombros, hombre. ¿Crees que ella sería felí al lao de un hombre que no la ama? Si…- lo interrumpió, pues había intentado hablar-. Ya sé lo que vas a decí: que disimularías, que no estarías con ninguna otra, que la tendrías como a una reina… ¿y qué? ¿Crees acaso que ella no se daría cuenta? Con el paso del tiempo lo averigüaría, tú no podrías ocultarlo. No, Calixto, olvídalo. Demuestras tené un gran corasón, pero eso no es suficiente. El amó por compasión, por pena, no es suficiente. Hase a ambas partes miserable y destruye la vía del que insistió. Además, si la Pepi estuviera sola en este mundo… pero tras ella está er Pepe. Y ese bastardo es un mal bicho que en cuanto salga de la cárcel va a ir a por ti como se entere que estás con la Pepa.
-De toas formas va a vení a por mí. Me las tiene jurá desde que llevé a los guardias a su casa.
-Mi consejo, Calixto, es que te orvíes de la “Yegua”. No merese complicarse tanto la vía por una mujé, y menos si es de su clase.
-Es buena.
-Yo en eso no me meto. Sólo te digo que tengas cuidao con lo que haces. Aunque siempre s´a disho que no se aprende por cabesa ajena.
Calixto bebió su cerveza pensando en todo lo que Cipriano le había dicho.
Quizás el tabernero tuviera razón. Si Pepita no quería saber nada de él, ¿por qué habría de importunarla? ¿Qué tenía él que ver con ella?
Chascó la lengua; le desagradaba haber terminado así de mal con la primera persona que había sido amable con él en mucho tiempo; sin embargo la decisión estaba tomada.
Pero no todo está bajo nuestro control, como erróneamente tiende a creer el ser humano, y cambió de opinión al recibir una carta desde Madrid, donde se le pedía que fuera a torear. Aquella carta hizo que la perspectiva de Cipriano se le antojara demasiado fácil y cobarde, y él no tomaba decisiones de cobardes, y mucho menos el camino más fácil: el de la retirada.