
Manolas en los toros, de Francisco Rodríguez Clemente
Y Calixto conquistó Sevilla.
Las piernas le temblaban de emoción cuando salió al ruedo, pero todo se desvaneció a su alrededor cuando la enorme bestia negra holló con su pata delantera la arena y miró con sus negros ojillos fieros a Calixto.
De nuevo el cuerpo a cuerpo de la bestia y el hombre. La fuerza bruta contra la agilidad y la presteza, como venía ocurriendo desde los tiempos más primitivos.
La primera embestida del noble bruto fue saldada con una media verónica que levantó una oleada de aplausos y olés.
El “Lagartijo”, recuperándose de sus dos toros anteriores, miraba el espectáculo desde el burladero, dispuesto a salir en ayuda del joven si las cosas se le complicaban.
-Relájate-, le susurró su apoderado-. Éste sabe lo que se hace.
Tras cinco pases de muletas, Calixto pidió las banderillas y, a cuerpo descubierto las fue colocando en la espalda del miura.
El animal, reventado, su negra piel brillante por el sudor y la sangre, se alejó del hombre.
Calixto lo buscó, se acercó a él y, ante el asombro del público, clavó rodilla en tierra, frente al toro, y alargando la mano, asió las astas del animal.
El ruedo estalló en gritos de júbilo, los claveles llovieron sobre la arena como lluvia de sangre y, al rematar el “Mochuelo” al animal, el público aplaudió enfurecido, pidiendo oreja y rabo, levantados de sus asientos.
Calixto dio la vuelta al ruedo a hombros de dos hombres, saludando y recibiendo sobre su cabeza y hombros una lluvia de pañuelos blancos y claveles rojos.
El “Lagartijo” se acercó a él y lo abrazó:
-Hay ha nacío una estrella.
Cipriano, que al final se había decidido a verlo torear, se acercó y lo abrazó con efusión:
-Anda, moshuelo, entra, que en el correó t´está esperando arguien.
Calixto, vapuleado de un lado a otro por los golpes de enhorabuena en la espalda, llegó a duras penas al corredor, donde lo esperaba, con su chal raído y su vestido negro, Pepita.
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Seguiriya, de Alfono Grosso
Calixto, sonriente, avanzó hacia ella con los brazos extendidos para el abrazo, pero el bofetón lo dejó parado en seco, la sonrisa congelada en la cara.
-Enhorabuena por tu triunfo, Calisto, aunque esté conseguío sobre las desgrasias de otras personas.
-Pepita…
-Que no me digas ná, que no quiero oírte. He venío pa eso, pa desirte que te orvíes de mí, que yo pa ti ya no esisto, ¿te enteras? Que no quiero sabé nunca más de ti ni de tus amigos.
-Tu marío ha cometío un delito, Pepita, y tenía que pagá por él.
-¡Es Dió er que tié que jusgá a las personas, no tú!- Calixto fue a hablar, pero la mujer no lo dejó-. Que disfrutes de tu ésito.
Y dando media vuelta, se alejó dejando a Calixto con el sabor del triunfo en la boca que, de repente, se le había vuelto amargo de hiel.