El cleptómano (el loco asesino), de Théodore Gericault
Los violentos golpes en la descascarillada y vencida puerta de la casa número once de la calle Ahorco (Jícaros en la actualidad), sobresaltaron al bebido y casi inconsciente Pepe Morgaño, que con voz pastosa y casi ininteligible, gritó:
-¡Será mejó que hayas traío argo, so zorra, si no te vas a enterá de lo que es güeno!
Pero apenas había acabado la frase, cuando la puerta saltó de sus goznes y cuatro sargentos armados, seguidos por el “Lagartijo” y por Calixto, irrumpieron en la pobre y desordenada estancia.
-Es él.- Asintió el torero.
Antes de que el proxeneta pudiera darse cuenta de lo que pasaba, se hallaba semitumbado boca abajo sobre la mesa, con la rodilla de uno de los guardias clavándosele en los riñones y con las manos, dolorosamente atadas atrás, a la altura del tórax.
Un violento tirón hizo que se incorporara y, tambaleante y apestando a sudor y a alcohol, lo sacaron de la casa para llevarlo al calabozo.
-Te conozco- Susurró al pasar al lado de Calixto.
El “Lagartijo” y Calixto se quedaron solos en la desolada y maloliente habitación.
-Me salvaste la vida, compañero. Dime qué pueo hacé por ti, que si está en mi mano, lo tienes antes de que abras la boca.
Calixto negó:
-No es necesario. Hice lo que debía.
-Insisto.
Calixto miró fijamente a los ojos del torero:
-¿Va en serio? ¿Lo que sea?
-Lo que sea, ya lo he dicho.
-En ese caso…

Dibujos de la serie “Tauromaquia”, de Goya
Aquella misma tarde, junto al nombre del “Lagartijo”, figuraba el estreno del “Mochuelo” en su primera corrida.
Toda Sevilla estaba impaciente por ver a la nueva figura del toreo que el famoso “Lagartijo” había apadrinado. Debía ser realmente bueno, porque ya nadie recordaba cuándo el maestro se había arriesgado a apostar por un principiante.
En los vestuarios Cipriano lo ayudaba a vestirse con el traje de luces.
-¿No has visto a Pepita?
-No. No la he visto hoy.
-Me hubiera gustao que hubiera venío a verme.
Cipriano terminó de ajustarle la chaquetilla:
-Oye, hijo, ¿tú estás seguro de lo que vas a hacé?
-¿A qué viene eso ahora?
-A que tú no has visto en to tu vía una bestia de esas ni de lejos.
El muchacho se rió de buena gana:
-Antes que pastó fui torero, Cipri. No te vayas a preocupá ahora.
-Pos ná, joven, tú mismo. Sal ahí y suerte.
-¿No vas a vení a verme?
Cipriano negó:
-No lo aguantaría. Te apresio musho, moshuelo, y no quiero que te pase ná malo. Anda, que todavía estás a tiempo de negarte a salí.
-¿Y dejá mal al “Lagartijo”? No.
El gordo tabernero hizo una mueca de enfado y Calixto puso una afectuosa mano sobre su hombro:
-Es mi oportuniá, Cipri. Si le gusto al público, estoy salvao. Ya no tendré que ir más a la taberna. Y no es que esté mal contigo, pero aquí se gana más dinero y mi familia lo necesita. Por fin podré ir a verla. Hace tres meses que no sé ná d´ella.
Cipriano resopló, luego miró al joven y sonrió:
-Pos entonses demuestra lo que vales. Sal ahí y cómete er mundo, shavá.