
José Gomez Ortega “Joselito”, de Ruano Llopis
-¡Ah de la casa!
Calixto y Cipriano se llevaron una grata sorpresa al ver entrar en la taberna al “Lagartijo”.
Habían pasado tres largas semanas desde la tarde en que fueron a ver al torero, y luego éste había estado fuera de Sevilla durante aquel tiempo, toreando en las plazas de Córdoba y Extremadura.
Ahora volvía como aquella primera vez, seguido de amigos y de su inseparable ángel de la guarda, el “Argentino”, y como la primera vez, el torero se dejó allí casi todo lo que había ganado en las corridas de aquellos veintiún días, quedándose solo hasta cerca de las tres de la madrugada, puesto que volvió a desencadenarse en agrias palabras con el apoderado, más sensato y menos generoso que el maestro. Así que éste terminó por dejarlo allí para que acabara con la existencias de manzanilla, rioja y aceitunas.
-Maestro, con tos mis respetos- se atrevió por fin a decirle Cipriano, aún a sabiendas que el torero podía muy bien mandarlo al cuerno-. Ya es bien entrá la noshe y debería í a descansá.
El “Lagartijo” miró con ojos lagrimosos y enrojecidos al tabernero y asintió levemente:
-Creo que sí.
Soltó un buen fajo de billetes en la mesa y, tambaleante, salió de la taberna.
-Has tenía való, Cipri.
El tabernero recogió el dinero:
-Y que lo digas. Anda, vamos a recogé to esto, moshuelo, que mañana será otro día. Me cago en la leshe… mira que es buena gente er tipo este, pero cada vé que viene, me esho a temblá.
Calixto ni fuerzas tuvo para responder.

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Calixto salió de la taberna cerca de las cinco de la madrugada, dejando a Cipriano terminando de recoger las mesas y las sillas.
La noche era calurosa, anunciando ya el buen tiempo, y las estrellas brillantes y grandes como puños titilaban en el cielo azul añil, como si fueran hogueras vistas a gran distancia.
Sus pasos lo iban dirigiendo automáticamente hacia la pensión en la que vivía, tomando, sin pensar, a fuerza de costumbre, por la calle Bamberg cuando, a mitad de la calle Aire, sus oídos captaron golpes y sonidos de quejidos y maldiciones.
Calixto corrió hacia las dos figuras que se recortaban contra la oscuridad, una en el suelo, encogida sobre sí misma, recibiendo las patadas de la segunda en plena cabeza y estómago.
El joven corrió hacia ellas para comprobar, cuando ya apenas lo separaba unos pocos metros, que el agresor no era otro que el marido de Pepita.
Sin pensárselo se lanzó sobre él, derribándolo en el suelo.
El forcejeo apenas duró unos segundos antes de que el bandido escapara, aprovechando el atontamiento que produjo en Calixto la certera coz que le propinó entre ceja y ceja.
El joven quedó tendido boca arriba, los brazos en cruz y todo el universo dando vueltas alrededor a una velocidad vertiginosa, Las estrellas blancas pasaron a convertirse en puntitos de colores azules, verdes y rojos que bailotearon ante sus ojos sin dejarle ver los techos de las casas. El mareo pasó al poco, dejando paso a un dolor agudo a la altura de la nariz y que se fue extendiendo hacia la nuca, pasando por la coronilla y la parte occipital izquierda.
Se irguió un poco sobre su mano derecha y apoyó la dolorida y pesada cabeza en el muro de piedra.
Cuando intentó incorporarse un poco más, un golpe de vómito amargo de bilis lo hizo encogerse sobre sí mismo.
Esperó así unos momentos, a la espera de que le sobreviniese otra arcada, pero ésta no se produjo y con paso inseguro, se aproximó a la figura negra que seguía quejándose en el suelo de la calle.
-¿Se encuentra bien?
La figura se volvió trabajosamente hacia Calixto y cuando la luz de la luna le iluminó el rostro, el joven vio que se trataba del “Lagartijo”.
El torero extendió una mano hacia él en busca de ayuda y cuando Calixto logró incorporarlo, dejando que el hombre descargara todo su peso sobre su hombro izquierdo, su mano quedó mojada de algo espeso y viscoso.
-Está herío.
-Tenía una faca…
-Vale, no se preocupe… ¿Puede andá?
-Sí. Llévame a la pensión. El “Argentino” sabrá qué hacé.
Calixto obedeció y ambos llegaron a la pensión de doña Hortensia en tan lamentable estado que, si no hubiera sido por el apoderado del “Lagartijo”, ésta no los hubiera dejado entrar.
El “Argentino” mandó llamar enseguida a un médico y no consintió que Calixto volviera aquella noche a su pensión, sino que acomodó al joven en su propia cama a pesar de sus protestas para que pasara en ella noche.
El doctor lo había examinado y, tras ver la contusión que se iba extendiendo como una marea negra por todo su rostro, había prohibido que volviera a salir.
-Debes tumbarte y descansar y no levantarte por lo menos hasta mañana tarde.
-Pero…- trató de protestar Calixto.
-Nada de peros-. El tono del médico era tajante-. El golpe es muy reciente, puede tener consecuencias preocupantes y serán menos problemáticas si te encuentras acostado.
-No se preocupe, obedecerá-. Aseguró el “Argentino”
-Mañana al mediodía vendré a ver a los pacientes. Hasta entonces que no se muevan de aquí, ¿entendido? El navajazo no es profundo, apenas un rasguño, pero ha perdido bastante sangre y puede marearse.
-Se hará como usted diga.
-Bien.
Y Calixto hubo de acatar las indicaciones del médico y la exigente y exhaustiva vigilancia del “Argentino”.