
Descanso en la plaza de toros, de Jose María Uría
La plaza se hallaba llena; las mujeres con mantilla agitaban sus abanicos de pájaros y flores pintados, acaloradas, pues de un día para otro las lluvias habían cesado y el sol calentaba con fuerza.
-Febrerillo el loco vuelve a hacé de las suyas-. Se decía.
Y, en efecto, así era. Parecía que a aquel mes le gustaba desconcertar a todo ser vivo.
La plaza entera parecía una gigantesca mariposa que agitara sus alas en un intento de echar a volar hacia el cielo azul.
Los hombres se secaban el sudor de la frente, que les caía en gruesos goterones sobre las cejas y sobre los ojos, cegándoles por unos instantes y haciéndoles renegar.
Calixto y Cipriano se hallaban en el burladero, en primera línea, complacidos y con los ojos muy abiertos, pues ni siquiera habían imaginado que les ofrecieran aquel sitio de honor.
La entrada del “Lagartijo” fue espectacular: las mujeres, de mantilla, tiraban sus pañuelos y claveles y toda la plaza estalló en aplausos y gritos de ovación.
El espectáculo que proporcionó el famoso torero fue de calidad y nadie quedó decepcionado.
Sin duda, como después confesó a Cipriano y a Calixto, fue su mejor actuación con diferencia, y de hecho se llevó dos orejas y rabo.
-¿Qué? ¿T´a gustao?- le preguntó a Calixto.
-Ya lo creo, señó.
-¿Que señó ni que niño muerto? Los que beben juntos, no puén sé más que amigos. Y que yo recuerde, tú y yo ya hemos bebío los dos juntos, ¿o no?

Plaza de Doña Elvira, Sevilla
-Cuéntame, Calisto, cuéntame cómo estaba tó, cómo iban las damas y los caballeros. ¿Cómo toreó er “Lagartjio”? Disen que estuvo espectaculá, ¿es verdá?
Calixto reía ante la avalancha de preguntas de Pepita, de aquella mujer-niña que estaba conquistando su corazón con un cariño de hermano protector parecido al que un día sintió por la pequeña Águeda.
Ella se apoyaba en el respaldo del banco de piedra que se hallaba en una esquina de la pequeña Plaza de Doña Elvira, con sus negros y rizados cabellos cayendo como cascada de seda por detrás del respaldar del banco y los oscuros ojos muy abiertos, posados sobre el rostro de Calixto.
-Sí, es verdá. Estuvo mú bien. Nunca había visto toreá a nadie así.
-Nunca has visto toreá a nadie.
Calixto rió:
-También es verdá.
Pepita se giró un poco y apoyó su estrecha espalda en el respaldo de hierro y echó la cabeza hacia atrás, suspirando al mirar al cielo:
-Desaría podé asistí a un espectáculo así, con un gran torero que me destacara de entre to er público con un gesto inconfundible hasia mí.
-Quizás algún día.
Pepita volvió la cabeza hacia Calixto y lo miró con ojos adormilados, semitumbada en el banco.
-No. Con er Pepe, no. Al más mínimo detalle, se las arreglaría pa atravesarle er corasón cuando menos se lo esperase y en la calleja más ocura, aunque ello le costase la vía.
-Estás aterrorizá por ese bruto. No creo que sea pa tanto. Deberías dejarlo.
-Es mi marío, Calisto. Pa bien o pa mal yo tengo que está a su lao. Además, yo creo que a su manera, me quiere.
-Tiene una extraña forma de demostrarlo.
-Cada cuá lo hase como pué.
-Puede ser.
Y el joven decidió dejar la conversación allí porque no tenía ganas de discutir.
hola issisgabriel . graaaaciiiaass eres marivillosa me encanta tu libro . mas bien ya estaba triste crei que ya no recibiria mas de tus capitulos del libro . te quiero mucho sin conocerte . arriba , adelante eres muy talentosa .
Querida María del Carmen, gracias a ti por tus siempre cariñosos comentarios. Me hace feliz tener a alguien que lea lo que escribo, no creo nunca haber tenido semejante público.
Mil gracias.