![[294_edited.jpg]](http://1.bp.blogspot.com/_oZq09EIxr8o/RuG9Mc6EMsI/AAAAAAAABSU/xlvlQzEYmvM/s1600/294_edited.jpg)
El descanso de la cuadrilla, de José Villegas
La mañana siguiente todo estuvo tranquilo y Cipriano y Calixto aprovecharon para limpiar los trastos de la noche pasada y poner un poco de orden entre las mesas y las sillas esparcidas por aquí y por allá.
Sobre mediodía apareció en la puerta el “Lagartijo” y Cipriano se apresuró a atenderle.
-¿Desea argo?
-Sí.
-Usté dirá.
-El chico…- chasqueó los dedos buscando el nombre en su memoria-. Calisto.
-No se encuentra ahora mismo. Ha ido con la Pepi, pero si yo le sirvo…
-Sí… bueno, en realidá quería agradeserle que me acompañara ayé a la posá.
-Le diré que ha estao usté aquí.
El “Lagartijo” se quedó mirando a Cipriano sin verlo, pensando:
-Mejó,- dijo por fin-. ¿Cree que le gustaría asistí a la corría d´esta tarde?
Los ojos del tabernero brillaron:
-¿A Calisto? Er moshuelo ese estaria encantao de la vía.
-El mochuelo, ¿no?- El torero rió-. ¿Y a usté no le gustaría vení?
-¿Lo dise en serio?
-Yo siempre hablo en serio.
-¡Claro que me gustaría! Eso no se pregunta.
-Ea, pos ya no se hable más. Esta tarde estáis invitaos a los toros, pero no vayáis a entrá por donde to er mundo. Vosotros os váis por la puerta por donde entran los maestros, que ya el Manolo os deja entrá.
-Pos mushas grasias, hombre.
-No las merece. Espero que disfrutéis.
-Eso seguro, maestro.
Y Cipriano estrechó la mano del “Lagartijo”, que la mantenía extendida, ofreciéndosela.

Plaza del Palacio Arzobispal, Sevilla
La Plaza del Palacio Arzobispal era, y aún hoy sigue siendo, una de las plazas más hermosas, antiguas y grandes de Sevilla.
Situada frente a la puerta principal de la Catedral, su centro lo preside una gran fuente culminada con una cruz de hierro forjado rodeada de faroles colgantes. El agua cae de unas bocas situadas, formando un círculo, en la parte más baja de la columna de piedra. Los tiestos de plantas rodean todo el borde de la fuente y, desde ella, puede observarse la gran puerta de la Catedral, que guarda en su interior, entre tantos tesoros, a la patrona de Sevilla, la Virgen de los Reyes, junto a los restos de Colón y el cadáver incorrupto de San Fernando, además de varios reyes enterrados en ella y numerosas obras de arte de gran valor.
Las gárgolas de bocas abiertas, dispuestas a proteger la Catedral de un ataque imprevisto, hoy ya meras figuras decorativas, le dan un aire lóbrego y misterioso y los santos de piedra gris, de miradas severas y narices desfiguradas asemejan eternos vigilantes, guardianes de tiempos pasados dispuestos a partir en dos con sus espadas y bastones de piedra musgosa a todo aquel que ose entrar con la insana intención de profanar el templo.
Y en aquella misma plaza, rodeada de naranjos y repleta de cabriolés descubiertos a la espera de algún cliente, era donde se encontraban Calixto y Pepita, admirando los intrincados recovecos y labrados de la pared del templo.
-Esta fue la primera imagen que tuve al llegá a Sevilla.
Pepita sonrió:
-Pos enhorabuena, porque es una maravilla.- Aspiró profundamente-. Ay,- suspiró-. Ya mismo se acaba el invierno, Calisto. Tengo unas ganas que se vayan los fríos.
-Después viene la caló.
-Sí, es verdá, pero el só anima musho. Estoy jarta de tanta agua y tanto abrigo.
Siguieron paseando por la plaza con paso tranquilo.
-Me acuerdo la primera vé que er Pepe me trajo aquí. Ya estaban los naranjos en fló, me puso un clavé en el pelo y me prometió que cuando me casara con él me iba a tené como a una reina. Que me daría el só, la luna y hasta las estrellas si yo se las pedía.
-¿En serio?
-Sí. Y era sinsero.
-¿Y qué pasó? ¿Por qué no cumplió lo que prometió?
-La vía da mushas vuertas, Calisto. Er negosio le fue mal y la bebía lo embrutesió, pero en erfondo er Pepe no tié mal corasón. Es sólo que a veses lo saco de sus casillas, pero cuando no bebe es mu güeno y mu cariñoso. Lástima que la botella siempre puea con él.
-¿Lo quieres?
-Hombre, es mi marío.
-No me contestas.
-Ay, Calisto… no me mareés, ¿eh?- Hubo un corto silencio y luego la joven, mirando siempre al suelo, contestó-. Enamorá, enamora… ya no lo estoy, pa qué nos vamos a engañá. Pero estoy casá con él y ya no se pué hasé ná.
-¿Fue él el que te obligó a prostituirte?
-Oye, esas preguntas no se las haría tú a ninguna mujé… me parese que te he dao demasiás confiansas.
-Lo siento.
Pepita sonrió:
-Fue él, fui yo… ya no m´acuerdo. Fue la vía, que es mu dura. O trabajaba en argo o nos moríamos de hambre y er Pepe, desde su fracaso en los negosios se fue a pique. Sólo veía salía en la bebía. Luego se acostumbró a la buena vía y ya no hay forma de que dé un palo al agua.
-Deberías cambiá de vida, Pepi.
-Sí, en cuanto el conde de Tenerez me haga su esposa. Despierta, palatuñó, que este va a sé mi sino hasta que me muera.
Siguieron dando vueltas por la plaza, Pepita embelesada viendo a los caballeros con sus damas cogidas del brazo, Calixto admirando la aparentemente despreocupada vida de la ciudad, tan diferente a la de los pueblos.
-Hay que vé, Calisto, lo que a mí me gustaría í agarrá del braso de un galán como estos.
-Bueno, a falta de algo mejó…- Y Calixto le ofreció su brazo.
Pepita rió azorada:
-Ay, men jelí, déjate de tonterías, que una cosa es que vayas a mi lao y otra que me vean cogía de tu codo. Tu reputasión va a quedá por los suelos y como er Pepe se entere…
-A mí mi reputación me da lo mismo, Pepita, y en cuanto al Pepe, ¿qué? ¿Se lo vas a decí tú?
-No.
-Pos entonces.
Y Pepita, riendo con ganas, enlazó su brazo al de Calixto.
-Ozú, Calisto, qué vergüensa…
-Vergüenza… ¿de qué?
-Pos de que te vean conmigo. Que soy una mujé pública con mu mala reputasión. Y parese que no, pero las damas de parné nos tién fishas a toas las que trabajamos en la calle.
-Deja que hablen, en algo tendrán que entretenerse, digo yo.
Ambos volvieron a reír.
-Hay que vé lo bien que me lo paso contigo, Calisto.- El joven la miró con ternura-. ¿Sabes? Casi pueo imaginá que voy vestía como ellas, así, con un traje de tersiopelo rosa. No me digas que no estaría guapa… y un recogío de esos que dejan a la vista er cuello y las orejas, como los que llevan las mushashas a los bailes, con unas rosas de pitiminí entre el trensao.
Y levantaba su pelo con ambas manos ante la sonrisa de Calixto.
-Sí, y yo iría con levita y sombrero de copa, y un pañuelo al cuello, de esos que se han puesto tan de moda.
Pepita volvió a agarrarse del brazo de Calixto.
-Íbamos a sé la envida de to esos estiraos.
-Cuando sea rico, vamos a hacé to esas cosas, Pepi.
Y los dos volvieron a reír de sus locas fantasías.

La cuadrilla de Juan Centeno, de Daniel Vázquez Díaz
Cuando después del paseo Calixto y Pepita volvieron a los Pajaritos, encontraron la grata noticia de la invitación del “Lagartijo”.
-Ay, qué suerte que tenéis-. Suspiró Pepita-. Con lo que a mí me gustan los toros. Una vé vi toreá al Hillo. ¡Qué torero, qué faena! Fue la úrtima vé que fui a vé una corría. Después las cosas se torsieron.
-La próxima vé, Pepi, también vendrás.
La mujer se encogió de hombros:
-De toas formas esta noshe tengo que trabajá. Menúo se pone Pepe cuando se entera que he esho pellas.
hola issisgabriel. te saludo y te deseo que sigas triunfando estoy enamorada de tu historia mas con las fotos que incluyes que me hacen estar dentro de la historia . solamente que te pido me envies poco poco lo siguiente . esperare. y gracias