
Cante y copas, de Vicente Galán Aguirre
Fue la jornada más agotadora de todas las que Calixto había conocido. La comida fue abundante: la manzanilla y el Rioja corrieron como ríos y el torero y los acompañantes reían y hablaban con grandes voces, bromeando con Calixto y riendo los chistes de unos y de otros. El único que mantenía la calma y la seriedad era un hombre moreno, de boca grande y ojos negros, escrutadores, que sonreía a veces ante los comentarios de sus compañeros de mesa como lo haría ante las gracias de unos chicuelos traviesos.
-Es el Argentino, el apoderao del Lagartijo-. Le aclaró Cipriano cuando Calixto le preguntó-. Le llaman así porque se fue varios años allá a la Argentina pa buscá fortuna y volvió más pobre de lo que se había ido.
Justo cuando comenzaban a quedar ahítos y achispados, entró en la taberna Ramón Mendoza con su inseparable guitarra ,y el Lagartijo y los demás lo conminaron a que se sentara con ellos y tocara acompañado del Rioja. En un principio Mendoza se opuso; venía de mal humor porque había perdido cincuenta reales que ni siquiera eran suyos en una partida de dados y en aquel momento no tenía ganas de sarao. Pero cuando el Lagartijo puso sobre la mesa un puñado de billetes y los empujó hacia el guitarrista, éste cambió de opinión y pidió permiso para ir en busca de Antonia, la “Rosita”, como se la conocía, porque dijo que una copla sin bailarina era como un vino sin alcohol.
-Pos corre, trae a la “Rosita”- le urgió el torero. Y Mendoza salió de allí dispuesto a encontrar a Antonia así tuviera que buscar debajo de las piedras.
La fiesta duró hasta la caída de la noche, cuando tras el cante y el baile, el Lagartijo pidió que les llevaran el mejor vino de la casa y un cochinillo asado. Para entonces la mitad de los comensales se hallaban despatarrados sobre las sillas y bajo las mesas, las camisas fuera de lo fajines cuando no descamisados y algunos, perdido el conocimiento, derrumbados sobre los taburetes. El propio Lagartijo estaba totalmente embriagado, pero aún le quedaban ganas de juerga y parecía no querer darse cuenta que el ambiente comenzaba a enfriarse. El único que mantenía el mismo porte digno que cuando entró y se hallaba sereno y sobrio era Justo Linares, el “Argentino”, que en dos ocasiones había susurrado algo al oído del “Lagartijo” y, en ambas, había recibido similar respuesta: un simple gesto despectivo. La tercera vez que acercó su boca al oído del torero fue tras la copiosa cena y recibió la misma respuesta que en las dos primeras ocasiones, pero esta vez no volvió a recostarse contra el respaldo de la silla y a limitarse a escuchar, mirar y sonreír, sino que asió fuertemente la muñeca del “Lagartijo” y ahora sus palabras se oyeron en la taberna entera.
-Te he dicho que esto se acabó. Nos vamos ahora o te quedas tú aquí solo.
-Eres un aguafiestas. Pos vete, que yo me quedo aquí con mi amigo Corosto…- dijo echando un brazo sobre los hombros de Calixto que en aquel momento se encontraba cerca.
-Calixto- corrigió el joven.
-Eso… Calesto… bueno, como sea.
El “Argentino” se levantó:
-Como querás, pero no me gustaría estar mañana en tu pellejo cuando te pongas delante del toro.
Y sin más, se fue.
-Siéntate conmigo. Coloste…
-Calixto.
-Sí, eso. Que eres el único que bebe y bebe y aún aguanta.
-Yo no he bebío, señó. Soy el camarero.
El “Lagartijo” lo miró de hito en hito:
-Pos ya es hora de que te eches algo al gaznate, amigo-. Y con la misma, le sirvió un vaso de vino-. En esta vida hay que divertirse, no to va a sé trabajá.
Calixto aceptó el vaso:
-De todas formas, creo que el señó Linares tiene razón.
-¿Ese aguafiestas? Es mu honrao y mu güeno, pero más saborío que las sandías de mi tío Pepe.
-Sí, pero mañana torea usté aquí en Sevilla, ¿no?
-Así es. A las cinco de la tarde. Si vieras uno de los toros… “Terremoto” lo llaman, porque es tan grande que cuando corre to el ruedo tiembla. Negro como la boca de un lobo.
-Mala cosa sería que por unas horas menos de sueño, le alcanzara a usté.
El “Lagartijo” pegó un respingo:
-Pero, ¿qué dices, shavá?- Y con los dedos índice y meñique, simulando los cuernos del destino, tocó madera. Luego miró a Calixto y asintió:
- Pero tienes razón, muchacho, mejó será que me vaya.- E hizo ademán de levantarse, mas, con las mismas, volvió a dejarse caer en la silla. -Me parece que he bebío más de la cuenta.
-Venga, hombre, que yo lo acompaño- se ofreció Calixto. -¿De verdá?
-Que sí.
-Tú sí que eres un amigo-. Y el “Lagartijo” se dejó ayudar-. Estoy alojao en el hostal de la señá Hortensia. ¿Lo conoces?
-No.
-Eso está en la calle San Antonio- dijo Cipriano-. Ve y acompaña al señó mientras yo esho d´aquí a estos siete.
-No sea mú duro con ellos- pidió el “Lagartijo”.
-No se preocupe-, le tranquilizó Calixto-. Si el Cipri es de una delicadeza pa estas cosas…
Y ambos salieron de Los Pajaritos para perderse en la noche, el uno apoyado en el otro.
Cuando la señora Hortensia, totalmente despeinada y arrancada tan súbitamente de su sueño por los incesantes golpes en la puerta, abrió y encontró en su umbral a uno de los más famosos toreros de la época en el lamentable estado de borrachera en el que se hallaba el “Lagartijo”, corrió a avisar a su apoderado.
El “Argentinó” aún seguía vestido, a la espera de ver aparecer de un moemnto a otro al “Lagartijo”.
Calixto dejó en manos de su apoderado al torero.
-Muchas gracias. Si hubiera tardado media hora más, habría salío a buscarlo. Ya me parecía a mí que no podría volver él solo aquí. Perdona las molestias.
-No se preocupe. Ha sío un placé.
El “Argentino” le ofreció su mano libre y Calixto la estrechó.
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Los borrachos, de Velázquez.
Cuando volvió a Los Pajaritos, la calle tenía, apoyados en los muros, a seis de los hombres que acompañaban al “Lagartijo”. El séptimo salió volando por la puerta, para ir a dar de lleno sobre los adoquines del suelo.
Calixto corrió hacia dentro para darse de narices contra el barrigón de Cipriano.
-Cipri, pero, ¿qué haces?
-El mú cabrón, ¿pos no quería rajarme como a un conejo? Mira lo que m´a sacao-. Y le enseñaba, rojo de ira, una navaja de considerada hoja y cachas negras-. ¡Ay, la madre que lo parió! ¡Quítate de en medio, que me lo como!
Calixto trató de abarcar la enorme cintura de Cipriano para detenerlo.
-¡No! Olvídalo, Cipri, que no merece la pena…
-¡Quítate de enmedio!
-¡Cipri, que te pierdes!
-¡Pos deja que me pierda!
-¡No!
Y Calixto cerró la puerta con el pie y se apresuró a echar el cerrojo. Luego se encaró con el tabernero:
-Pero, ¿tú qué quieres?, ¿buscarte una ruina? Que lo único que vas a conseguí es que te prendan.
Cipriano pareció relajarse y tiró la navaja, desganadamente, sobre una mesa.
-Tiés rasón.
-¿Los demás también te han dao problemas?
-No, no. A ellos los he ido cargando uno por uno y los he dejao ahí, durmiendo la mona. Ya se despertarán.
-Pos venga, vamos nosotros también a dormí, que por hoy el día se ha acabao. Ya recogeremos to esto por la mañana. A primera hora no hay mucha gente.
Cipriano asintió, recogieron los platos y vasos, apiñándolos en el barreño para lavarlos al día siguiente, y se fueron.