
Iglesia El Salvador, Sevilla, foto tomada por Julio Dominguez Arjona
La inmensa iglesia, la más importante de Sevilla después de la archiconocida Catedral, impresionó a Calixto por su majestuosidad.
-Anda, búscala, Calisto. Vamos a vé la fe que tú tiés.
Y mientras Pepita iba a sentarse en uno de los bancos, Calixto anduvo por toda la iglesia, admirándose de aquellas esculturas tan hermosas y antiguas y de la riqueza del templo.
La parroquia de don Benito en Almenas de la Sierra no tenía ni remotamente los lujos de ésta, pero tampoco se quedaba corta.
-¿La has encontrao ya?- Le susurró Pepita, cansada de verlo dar vueltas.
-¿No será aquella?
Pepita miró hacia el punto que había señalado Calixto.
-Sí- sonrió la mujer con gozo-. ¿Le has pedío ya los tres deseos?
-Con uno m´ha bastao.
-Ea, pos vámonos.
La luz del sol los cegó por unos instantes:
-Shiquillo, qué de tiempo hasía que no venía a la iglesia.
-¿Por qué?
Pepita se encogió de hombros:
-Tengo demasiao que confesá y no me serviría de ná, porque volvería a pecá al rato. Además, er domingo se pone esto lleno de señoritingas que huelen a las que somos así a la legua. No me gusta sentirme como un mono de feria.
-Bueno, ¿quieres ir a algún sitio más?
Pepita lo miró con ojos brillantes:
-Me gustaría í a la Plasa del Palasio Arsobispá-. Luego miró al suelo y la luz de sus ojos se empañó-. Pero es tarde. Yo tengo que vorvé a casa y tú tiés que í a ayudá ar Sipriano, que ya lo hemos dejao demasiao tiempo solo.
-Pepita, cuando tú quieras vamos a esa plaza.
-¿De verdá, Calisto?
-Que sí, que te lo prometo.
-¿Y qué te parese mañana, ar medio día? Que pa esa hora ya er Pepe anda metío en la taberna.
-Mañana entonces.
Enfilaron por la calle Álvarez Quintero, de estilo medieval, hacia la calle Chapineros.
Los rayos del sol parecían coger más fuerza, aunque no lo suficiente como para iluminar las estrechas calles y alumbrar las verjas de hierro llenas de macetas vacías, sólo con los tallos de las plantas asomando por ellas, como si fueran simples palos secos.
-Qué diferensia, Calisto, del invierno a la primavera, cuando las plantas están en fló y to en Sevilla huele a asahá. Ya verás, Calisto, a la Virgen de la Macarena, qué bonita es. No habrás visto Virgen más linda que ésta en tó Sevilla. Ni la de la Hiniesta, ni la Trianera. Y no digo que éstas sean feas, pero como la de San Gi…

María Santísima de la Esperanza Macarena, Sevilla, de autor desconocido
Y allí quedó cortada la conversación, porque Cipriano ya lo esperaba en la puerta de la taberna.
-Date prisa, moshuelo, qeu ha llegao el Lagartijo y tié una buena formá ahí dentro.
-¿El Lagartijo? ¿El torero?
Cipriano miró con sorna a Pepita:
-Y parecía tonto el pueblerino. Qué pasa, ¿que te gustan los toros?
-Claro, como a cualquiera.
-Pos venga, catetillo, que hoy vas a conosé ar maestro-. Pero al apresurarse a entrar, Cipriano lo asió del brazo-. Calisto, me da iguá cómo trates a los demás, como si los quieres dejá esperando, pero al Lagartijo y a los que lo acompañan que no les farte de ná en la mesa. Antes que se acaben las botellas de mansanilla, que tengan tres más delante. Éste hoy viene con ganas de juerga y la mano la trae pródiga. To la guita se va a quedá aquí si sabemos tratarlo, ¿me entiendes?
-Clarito como el agua, Cipri. No te preocupes.
El gordo tabernero le dio una plamada en el hombro y ambos entraron dispuestos a trabajar.