
Jardines del palacio de San Telmo, Sevilla
Calixto comenzó a trabajar en los Pajaritos en cuanto estuvo lo suficientemente recuperado como para poder llevar el ritmo de la tarberna, esto es, terminando el mes de Enero; apenas tres o cuatro días de su llegada a Sevilla. Enseguida cogió el ritmo, de forma que servía en un minuto más cervezas y jarras de vino y ron que el propio Cipriano, acostumbrado desde pequeño a la vida de la taberna.
Calixto pasaba las noches en la cocina, cerca de los fogones que, tal y como Cipriano había dicho, guardaban el calor hasta cerca ya de la madrugada y, antes de que el gordo tabernero volviera a abrir la taberna, ya el joven había barrido el suelo, limpiado las mesas y el mostrador y encendido de nuevo los fogones.
Cipriano no lo había engañado: con lo que ganaba no iba nunca a hacerse rico, pero tuvo pronto suficiente para poder alquilar una habitación decente en una humilde pensión y para comprar ropa y pagar a un escritor a sueldo, que siempre se apostaba con una mesa, una silla, una pluma, un montón de papeles y un tintero en los Jardines de San Telmo, para que copiara las cartas que él le dictaba para su madre. Como siempre le pagaba bien y nunca le dejaba nada a deber, el escribiente le ponía las señas gratis en el sobre y Calixto, tras meter el papel y el dinero dentro del sobre, la entregaba al correo.
Jamás recibió noticias de su madre y, con la idea fija en su mente de ahorrar cuanto antes para ir a verla, no se permitía el más mínimo capricho.
Pepita seguía yendo por la taberna, reclutando clientes y para ver a Calixto, con el que había entablado una amistad profunda y sincera para mayor desconcierto de Cipriano y de ellos mismos, puesto que no hubieran imaginado nunca que pudiera existir una simple amistad entre un hombre y una mujer.

Fuensanta, de Julio Romero de Torres
-¡Buenos días!
Cipriano y Calixto sonrieron al ver entrar a Pepita, con su andar desenvuelto y rápido y los brazos, como siempre, en jarras.
-¿Cómo tan madrugaora, Pepi?
-Pos ya ves, que no tenía ganas de aguantá ar Pepe y lo he dejao durmiendo la mona.
Calixto la miró, con su cabello de ala de cuervo, rizado como los caracoles, cayendo sobre sus hombros y espalda y tapándole la mitad del rostro.
-Te va a atisá como despierte y no te vea- dijo Cipriano.
Pepita se echó el desgreñado cabello hacia atrás, apartándolo de la cara y mostrando un ojo completamente hinchado y tumefacto.
-Ya se cansó anoshe.
Luego, volviendo a tapar el desagradable espectáculo, se volvió hacia Calixto que secaba las jarras con energía.
-Venía a vé si me acompañabas a la Plasa de la Pescadería, que tengo que hasé argunas compras.
-Tengo trabajo- rezongó Calixto, cargando unas cajas de madera y metiéndolas dentro.
Pepita miró a Cipriano y éste le guiñó un ojo:
-¡Calixto, anda, acompaña a la Pepita, que hoy hay poco trabajo y me las apaño yo solo!
Calixto asomó la cabeza por la puerta:
-Pero tú ya sabes lo que pasa, Cipri, que parece que no y luego, antes de que te des cuenta, s´ha llenao tó.
-Y qué te crees, ¿qué no soy capá de llevá to esto yo solo? Esto lo he mamao desde la cuna, so listillo, así que lárgate y tráeme de camino una dosena de güevos, que se nos han acabao.
Calixto, de mala gana, cogió el dinero que le tendía Cipriano y salió con Pepita colgada del brazo.
El día había amanecido claro y despejado, pero el frío no se disipaba y cortaba el aliento a los transeúntes, y a Calixto, se diría, que le cortaba hasta el habla, porque por más que Pepita le intentaba sacar conversación, él mantuvo su mutismo desde la Calle Conteros hasta la Plaza de la Pescadería y desde ésta hasta la calle Luchana, hoy conocida como Jesús de las Tres Caídas, donde Pepita le sujetó del brazo:
-Shiquillo, ¿quieres í más despasio? Me llevas asfisiá.
Calixto la miró malhumorado y aminoró el paso.
-Vamos a vé, Calisto, ¿se pué sabé qué te pasa?
Calixto dejó entonces las bolsas de pescado en el suelo y la miró:
-¿De verdá quieres saberlo?
-Mira, pos sí, porque hoy t´as levantao con er pie isquierdo y lo estás pagando con to er mundo.
-Pos te lo voy a decí. Lo que me pasa es que no te comprendo. No entiendo cómo aguantas las palizas de ese zoquete borrachín. ¡Por Dió, Pepita, que ni siquiera te rebelas!
La joven lo miró enfadada:
-No, si ar finá la curpa de to va a sé mía.
-Pos algo de culpa sí que tienes tú, ¿eh?
Pepita se quedó con la boca abierta y, con lábrimas en los ojos, le susurró:
-Payo, y que tú me digas eso… Tú, que sabes lo dura que es la vía…
Calixto, con la ira aún quemándole por dentro, volvió a coger las bolsas:
-Si yo no sé pa qué digo ná. Totá, esto no va a cambiá nunca…
Y volvieron a caminar el uno junto al otro en silencio; Calixto aún molesto y Pepita con las lágrimas corriéndole por el rostro y la cabeza gacha.
En la Plaza de la Alfalfa, Calixto compró los huevos y un clavel rojo para Pepita. Un clavel rojo reventón, del color de la sangre.

-Perdóname, Pepita, pero es que me molesta tu pasividá. Tú no te mereces esas palizas.
La joven lo miró, completamente desgreñada y con los ojos brillantes:
-¿Y qué quiés que haga? Él es mi marío.
Calixto miró en derredor, como esperando encontrar una respuesta que sabía de antemano que no iba a encontrar.
Pepita se colocó el clavel en el escote, sonrió ya olvidado todo y miró zalamera a Calixto:
-Anda, llévame a dá un paseo. Hase tanto que no doy uno con un galán tan guapo… me van a envidiá to las mujeres que veamos.
Calixto sonrió a su pesar:
-¿Y dónde quieres ir?
-Ay, no sé, por el río. O mejó, llévame a la iglesia del Salvaó, a resarle a Santa Librada.
-Nunca había oío ese nombre.
-Se dise-, comenzó a hablar Pepita mientras cogían por la calle Rosario-, que si no tiés fe, no llegas a verla nunca. Pero que si tiés y la encuentras, pués pedirle tres deseos, que ella te consederá uno.
-¿Y vas a decirme dónde está?
-Ah, no. Eso lo vas a tené que descubrí tú solo.