Eco e Narciso, de Nicolas Poussin
Debió quedarse dormido, porque cuando Pepita lo vapuleó suavemente y abrió los ojos, vio que la taberna se había quedado vacía sin que él se diera cuenta.
-Anda, palatuñó, vámonos ya, que por esta noshe ya he terminao.
Calixto, con la mente embotada por el cansancio y los párpados semicerrados de sueño, se levantó casi sin voluntad, como un autómata, y siguió a la mujer.
El aire frío le abofeteó dolorosamente el rostro y, aunque lo despabiló algo, no fue suficiente como para volverlo en sí y evitar que sollozara quedamente al imaginar que estaba en el infierno y que su condena era vagar eternamente de un lado a otro, con los pies ardientes y doloridos y el estómago vacío, al límite de sus fuerzas, sin redención posible.
-Palatuñó, ¿qué te pasa?
Pepita posó una mano en el brazo para llamar la atención de aquel zombi, y el cuerpo de Calixto cedió ante el roce, desplomándose sobre la pared y resbalando al suelo.
-¡Ay, Dios mío, que se m´a muerto! ¡Sipriano! Calisto, despierta, abre los ojos. ¡Sipri!
El tabernero, enorme como un tonel, se asomó a la puerta y enseguida, cuanto su peso y su andar bamboleante le permitieron, llegó hasta donde la joven sujetaba sobre su regazo la cabeza de Calixto.
-¿Qué ha pasao, Pepa?
-Er palatuñó, Sipri, que se m´a muerto-. La voz se le quebró- Si con lo canijo que venía no podía sé de otra forma. A mí me meten presa, Sipri. La guardia se va a pensá que ha sío curpa mía.
Cipriano, que se había agachado trabajosamente al lado de Calixto y lo examinaba con atención, posó una mano sobre el hombro de Pepita:
-Tranquila, que el moshuelo sólo está desmayao.
-¿Cómo desmayao?
-Como las señoritas con corsé, igualito.
Pepita estalló en carcajadas nerviosas.
-Anda, vamos a llevarlo dentro, que a éste lo que le hace falta es un buen pushero con pringá-. Miró a la joven-. Y de camino tú también comes algo, que el Pepe, entre trabajo y palizas, te está dejando como la sombra de la jamba de mi puerta.
El orondo tabernero alzó a Calixto como si no pesara más que una ramita seca y lo cargó al hombro.
Pepita lo siguió adentro y cerró la puerta de la taberna tras ellos.
Cipriano dejó a Calixto sobre una silla:
-Hijo puta, me ha clavao to las costillas en el hombro. Anda, sujétalo, no vaya a caerse y se de un mal golpe en la cabeza.
Pepita obedeció mientras Cipriano llenaba un vaso de ron.
-A vé si conseguimos que se beba esto, que lo hará entrá en caló. Mientras, ve preparando algo pa comé.
Pepita dejó a Calixto al cuidado de Cipriano y se metió en la cocina. Al poco se oyó trastear de cacharros y Calixto pareció volver en sí.
-¡Ehe!- Rió Cipriano-. ¡Ya despierta el moshuelo! Si es que como el ron, no hay ná.
Y le pegó un sonoro beso al vaso.
-Gracias- balbuceó Calixto.
-Grasias, grasias… menúo susto nos has hesho pasá. La Pepita casi tié un ataque. ¿Pués sostené el vaso?- Calixto asintió-. Pos voy pa dentro a eshale una mano a la Pepi, a vé si se deja.
Calixto sonrió sin fuerzas.
A solas, olió el ron y arrugó la nariz, desdeñándolo y completamente persuadido de no volver a tomar aquel matarratas en su vida.
Bodegón con cebollas, de Paul Cézanne
Cipriano había dispuesto una mesa en el rincón más caliente de la taberna, pegada a la pared que separaba la estancia comunal de la cocina, justo donde se apoyaban los fogones.
Calixto pegaba la espalda al muro, encontrando allí un calorcillo agradable y reconfortante.
La sopa que había preparado Pepita estaba deliciosa y el jamón picado le daba la consistencia, junto con los garbanzos y el huevo, que Calixto tanto estaba necesitando.
-Yo no voy a podé pagá to esto, lo sabe, ¿no?
Cipriano lo miró burlón:
-Hombre, saberlo, saberlo… pero imaginarlo sí. Es fácil.
Pepita rió entre dientes.
-Sí, supongo que no engaño a nadie-. Asintió resignado Calixto.
-La Pepi m´a disho por qué estás aquí y lo que andas buscando, y yo puedo ofresértelo.
Calixto se quedó con la cuchara a medio camino de su boca.
-¿Me está ofreciendo trabajo?- Tartamudeó, creyendo haber oído mal.
-Sí. No vas a haserte rico, pero tendrás pa comé y vestirte. Y podrías dormí en la cosina. De noshe no pasarías frío porque los fogones permanecen to el día ensendíos y mantienen el caló la mayó parte de la noshe. ¿Qué te parese?
Pero enseguida comprendió que la última pregunta había sobrado, porque tuvo la certeza de que si Calixto hubiera tenido fuerzas suficientes, se habría arrodillado y le hubiera besado los pies.
-Bueno, supongo que esa cara es un sí, ¿me equivoco?
Calixto negó, con los ojos aguados.
-Gracias- dijo con voz rota y ahogada.
Cipriano sonrió y se metió una cucharada de sopa en la boca.
-¡Me cago en la leshe, Pepi!- gruñó-. ¡Pero qué buena t´a salío!
Pepita apenas pudo esbozar una leve sonrisa, cuando unos fuertes golpes en la puerta los sobresaltó a todos.
-¡Cipri, abre, me cago en la puta!
-Es er Pepe- susurró Pepita.
-Sí- asintió el tabernero-. Y por lo visto s´a dejao un buen puñao de moneas en el ba del Catalino. ¿Qué hago?
Pepita lo miró:
-Abre, abre que seguro que m´anda buscando y va a sé peó que no m´encuentre.
Calixto la miró.
-Pero, ¿cómo vas a abrirle pa que te mate. Acuérdate de las palisas de la otra vé y no estaba ni la mitá de comó está ahora.
-Ay, Sipri, abre, por tu mare, que si no, es capá de eshá la puerta abajo. Con un poco de suerte, se irá con er dinero y ya´stá.
Cipriano se levantó de mala gana y fue a abrir.

Tango Nocturno, de Pedro Alvarez
El rectángulo de luz que se proyectó al abrir la puerta sobre el empedrado de la calle, iluminó la corpulenta figura de un hombre malencarado que a duras penas se mantenía en pie, apoyado en el quicio de la puerta.
El canalla asomó la cabeza por un costado de Cipriano y su cara se enfureció al descubrir a Pepita.
-Así que estás ahí, so zorra, peazo puta.
Entró con paso tambaleante y hubo de agarrarse a una mesa para no caer.
-Si serás puta. ¡Ya es hora que estés en casa, guarra! Que te gusta abrirte de patas pa to er mundo menos pa mí. ¡Y es mi turno, perra! ¡Bonita cosa, tené er marío que í en busca de la guarra de su mujé a la taberna!- Avanzó hacia ella y le dio un fuerte tirón de pelos, obligándola a que se levantara de la silla.- ¡Vámonos te digo! !Es a mí a quien deberías está haciendo de comé! ¡Te juro que hoy comes y duermes en er suelo!
Calixto, incapaz de creer lo que veía, se levantó con intención de coger la mano del hombre para obligarlo a soltar a la joven, pero éste, viendo el gesto, sacó una navaja en un abrir y cerrar de ojos de no se supo dónde y le apuntó al pecho:
-Tú atrévete, so cabrón, que te voy a sacá las tripas.
-¡No!- Pepita se echó al cuello de Pepe, y lo abrazó-. Vámonos, Pepe, que tienes to la rasón, que ya es hora de está en casa. Mira-. Y al meter la mano en el corpiño, consiguió que Pepe desviara su atención-. Mira, Pepe. Mira to er dinero que he conseguío hoy, ¿ves? Fíjate qué bien se m´a dao la noshe.
El hombre echó mano a las monedas y las guardó en el bolsillo. Luego cogió la cintura de Pepita y la empujó hacia la puerta.
-Vamos, que esta noshe toca ponerte a cuatro patas
Y, ante la mirada del tabernero y de Calixto, se llevó a empujones a una avergonzada Pepita.
Cipriano cerró rápidamente la puerta tras ellos al ver a Calixto abalanzarse hacia ella para salir tras Pepita y aquel animal.
-¡¿Pero es que te vas a quedá tan tranquilo viendo lo mismo que yo?!
Cipriano, sin molestarse por el reproche, lo llevó a la silla de nuevo:
-No se pué hasé otra cosa. A fin de cuentas, es su marío.
-¿Y por eso tiene derecho a tratarla así?
Cipriano se encogió de hombros:
-Siempre ha sío así y no creo que cambie. Y asepta mi consejo: mantente al margen, porque si no la Pepita te arrancará los ojos. Nunca te metas con el shulo de una puta, porque si no es él, será ella la que te apuñale. En el fondo toas son iguales. Les gusta que er masho las domine, que les haga sabé quién manda y si pa ello tié que sortarle dos guantás o marcarle la cara, ellas lo resibirán con alegría. Más tarde enseñarán las marcas a las demás, con orgullo, como muestra de lo que sus hombres las quieren. Ellas son así y así morirán y así seguirán siendo hasta er fin de los días.
Calixto lo escuchaba con horror:
-Lo siento, yo no puedo creé eso.
-Mas lo siento yo, porque cuarquier día t´estoy viendo en cuarquier asequia abierto en caná. Anda, come y orvía er asunto. La Pepi está acostumbrá.
Pero a Calixto se le había pasado el hambre.