
Calle Pajaritos, Sevilla
La luz de la taberna, que salía por la puerta, se abría paso entre la oscuridad de la calleja, desparramándose sobre las piedras y las paredes.
-Aquí es. Ya hemos llegao. Ahora tú sígueme, que yo sé a quien tengo que presentarte… y, por Dios, hombre, come argo mientras tanto, que pareses un gato encanijao.
Calixto sonrió ante el desparpajo y la sinceridad aplastante de Pepita y la obedeció.
El rasgueo de las guitarras que había oído desde el comienzo de la calle tenía allí su origen y, mientras varios hombres se reunían en torno a una mesa para ver bailar sobre ella a una desvergonzada mujer acompañada por las guitarras, el cantaor y el palmero, otros jugaban a los dados o terminaban su último vaso de vino.
Una ronda de guardias, apoyados sobre la barra, no quitaban ojo de encima a la gitana de enigmáticos ojos negros y torneadas piernas morenas que no se avergonzaba de mostrar con su baile.
-Mejó nos vamos a otro sitio, ¿no, Pepita?
La mujer lo miró de soslayo y luego siguió su vista, que no se apartaba de los uniformes.
-Oye- susurró ella-. A mí no me metas en líos. ¿Tú quién eres?
-Pepita, no me juzgue usté. Le juro por lo que más quiero que no he hecho ná malo.
-Voy a creerte, pero cuídate de mentirme que antes que te des cuenta, te esho mal de ojo.
-Yo no creo en maldiciones.
-Pos ya aprenderás a creé. Venga, déjate de tonterías, que éstos están libres esta noshe. Además, si no has esho ná malo…
Pepita le empujó delante suya y ambos se aproximaron a la barra.
-¡Sipri, ponnos unos pinshos y unos vinitos!- gritó la joven para hacerse oir por encima de las demás voces.
Cipriano levantó la mano en señal de que lo había oído.
-Pepita-, le susurró al oído Calixto, tomándole del brazo para dar mayor énfasis a sus palabras-. Que yo no puedo pagá to eso.
-Tú no te preocupes, men jelí, que ya lo cubro yo.
A Calixto se le llenaron los ojos de lágrimas:
-Yo le prometo que algún día le pago tó lo que está haciendo por mí.
-Ay, shiquillo, deja ya de tratarme de usté, que me gusta musho pero no termino de acostumbrarme.
-¡Pero si es la “Yegua”! ¿Ya no se saluda a los clientes?
Ambos se volvieron y vieron tras ellos a uno de los guardias, un joven apuesto y gallardo, de mirada fría y prepotente.
Pepita sonrió enseñando toda su dentadura:
-¿Cómo está usté, don Raimundo?
-Ya te echaba de menos por aquí
-Pos ya ve, ampliando mi radio de asión, como usté suele desí.
-Ya veo. Te voy a decí una cosa desde ya, “Yegüita”: ándate con ojo que como te pille ejerciendo estando yo de servicio, no tengo más cojones que prenderte.
-Eso ya lo sé, teniente. Pero ahora no hay peligro, ¿verdá?
-No, ahora no, “Yegua”.
Hubo un silencio incómodo.
-Mire, éste es un amigo. Se llama Calisto y ha llegao esta madrugá a Sevilla. ¿No podría usté encontrarle argo?
Pero Calixto ya había vuelto a sujetarla del brazo:
-No aceptaré ningún trabajo del teniente hasta que no se disculpe por su lenguaje impropio delante de una señorita.

Pepita miró alarmada a Calixto, pero don Raimundo, apoyando una mano sobre la espada y con la otra palmeándose el muslo, estalló en carcajadas.
-¡Una señorita!- se enjugó una lágrima que le caía por el rostro-. Realmente se conoce que es un pobre pueblerino.
Pepita soltó una risa forzada, alivida al ver que el teniente había acogido las palabras de Calixto con buen humor, pues por lo general era hombre irascible e iracundo. Pero ya se alegraba de que aquellas palabras no hubieran llegado a más, cuando Calixto volvió a hablar, ahora más airado que antes, rojo por la burla del teniente:
-No se ría usté tanto, teniente, y discúlpese.
Ahora don Raimundo sí que dejó de verse sacudido por la risa, para encontrarse de narices contra el jovenzuelo enclenque al sujetarlo por el cuello de la fina camisa y alzarlo en el aire.
-Como sigas pasándote de listo, cateto, te las vas a tené que ver conmigo y te aseguro que con una piltrafa como tú no tengo ni pa empezá.
Pero el brillo en los ojos de Calixto no denotaba temor.
Sin embargo Pepita posó su mano sobre el puño que agarraba a Calixto y se interpuso entre ambos.
-Vamos, teniente, ¿es que acaso no ve que er pobre diablo está borrasho como una cuba y no sabe lo que dise?
Calixto fue a replicar, pero Pepita llevó su mano a la entrepierna del joven y le estrujó tanto los testículos, que lo hizo callar en seco.
Don Raimundo, que no se había percatado de aquel gesto, soltó a Calixto, que hubo de apoyarse en la barra y encogerse sobre sí mismo.
-Si no sabe bebé, que no lo haga.
Y como Pepita vio que el teniente había pasado del estado de la alegre euforia al de la euforia violenta, apretó los labios y dijo:
-Don Raimundo, no se me enfurruñe usté. Véngase conmigo, que hoy invita la casa. Por er disgusto, ya sabe.
Y había en su voz un no sé qué de zalamera inocencia y apretaba tanto sus turgentes pechos morenos de pezones como puntas de lanza contra el uniforme del teniente, que éste terminó por ceder.
-Acepto. Termino mi cerveza y nos vamos-. Don Raimundo se dirigió al grupo de amigos sin dejar de mirar a Calixto-. De toas formas, huele más a miseria que a alcol.

Taberna, de Cortellini
-¿Por qué has hecho eso?- preguntó Calixto, recuperando el resuello.
-Pero, ¿tú estás loco? ¿Qué pretendes, so shalao, que te metan en el calaboso?- Cipriano les puso ante ellos lo que habían pedido cortando así la conversación durante algunos instantes.
-¿Y ahora te vas a í con ese animá después de como te ha tratao?
-Pero, jelí, si sólo soy una prostituta. ¿Tú te crees que no estoy acostumbrá a su vocabulario?
-Bueno, pos me da lo mismo. No voy a permitirlo.
Pepita se volvió hacia él como picada por una avispa:
-Oye, palatuñó, ya está bien, ¿eh? Pero, ¿tú qué quieres, arruinarme er trabajo?
-Pos vaya trabajo.
-Por lo menos tengo uno, que es más de los que mushos puén decí.
Ambos callaron, uno impotente, avergonzado, insultado, molesto sin saber por qué, como si le estuvieran quitando algo que le perteneciera; la otra molesta consigo misma, por haberle echado en cara su desgracia.
-¿Vas a hacerlo entonces?
-Por supuesto.
-Pero no es justo que pagues por mí.
-Tú no te preocupes, que yo ya estoy acostumbrá.
-Yo no le tengo miedo- y hubo algo en la voz de Calixto que hizo estremecerse a Pepita.
-Cállate, por amó de Dios, que tú no sabes cómo se las gasta er bruto ése. A ti te despasha en el primé segundo de encuentro. Lo he visto batirse con sinco bandíos a la vé y acabá con los sinco a uno por minuto. Y te aseguro que ninguno d´ellos era un prinsipiante.
Para entonces don Raimundo ya la llamaba con impaciencia:
-¡”Yegua”!
-Anda, cómete los pinshos, que te sentarán bien y ya verás como er vino te hase entrá en caló.
-Pero, ¿vas a permití que te trate así?
Pepita se encogió de hombros:
-Es mi trabajo. Espérame aquí, que no tardo.
Y no había terminado aún de hablar, cuando ya el teniente, impaciente, la agarraba posesivamente por la cintura:
-Que si nos vamos, te digo-. Y miraba retador a Calixto.
-Claro que sí, berjé*-. Dijo Pepita, mimosa, apoyando su cabeza sobre el hombro del teniente y lo arrastraba a la puerta-. ¿Dónde está vé?
-En un callejón, por aquí cerca-. Respondió don Raimundo, dejándose llevar.
Calixto apretó los puños y les dio la espalda, tragándose su orgullo y su rabia.
Pero el hambre de nada de esto entendía y comenzó a comer.
No tardó mucho en volver Pepita.
Tras ella apareció el teniente, terminando de abotonarse el pantalón.
Sus amigos lo recibieron con risas y golpes en la espalda.
Calixto miró el grupo con ojos furiosos y por no irse hacia ellos, clavó los ojos en la pared y terminó su vino.
-Esto es normá pa mí. No te tortures.
Calixto se miró en los grandes y agradecidos ojos de Pepita.
-Es que cuando pienso en mi madre…
-¿Ella ejersía el ofisio?
-No, pero fue por falta de oportunidá. Si hubiese podío, si hubiera encontrao un sitio, si no hubiera temío manchá mi nombre, se hubiera dao entera.
-¿Tan shico es tu pueblo?
-Allí to el mundo se conoce. Son apenas veinte calles. Y cuando me imagino a mi madre como tú…
-Pos no pienses, jelí.
-Perdona.- Los dos se volvieron para encontrar tras ellos otro soldado-. Los demás también queremos, “Yegua”.
Pepita miró con pena a Calixto, que enrojeció hasta la raíz del cabello, terminó de comer su pincho y de beber su vino y se colgó del brazo del soldado:
-Ea, pos vámonos-. Se volvió hacia Calixto antes de irse-. Tú espérame aquí, ¿eh?
Pepita se marchó del brazo del soldado, seguidos ambos por los otros tres amigos.
-¡”Yegua”!- Gritaban-. ¿A nosotros también gratis?
-¡Y un rábano!- contestaba ella, descarada, ante la algarabía de todos-. Si luego te presenta ante er Pepe pa resibí tú las tortas, a lo mejó me lo pienso.
Y por la calle se perdieron las risas de los hombres, que resonaban al rebotar contra las paredes de la callejuela.
Calixto clavó su mirada en la espalda del teniente don Raimundo, que al quedarse solo se había unido al grupo que coreaba a la gitanilla, que seguía bailando, incansable, sobre la mesa.
Lo vio abrirse paso con ayuda de su inmensa espalda de hombros cuadrados y alargar una mano para acariciar aquellas piernas esculpidas en ébano negro.
La patada que la joven le propinó en el hombro, sin perder su sonrisa, hizo que todos estallaran en carcajadas, incluido el propio teniente.
-No lo mires de esa forma, shico, y apártate de su camino. Una ofensa se orvía, pero a ti no te reemplasa nadie, como tampoco reemplasaron a los que él mató.
Calixto se volvió hacia Cipriano.
-No digo que no se lo meresieran-, continuó el tabernero-. Pero ahí están, criando malvas bajo tierra. Pasto de gusanos.
Calixto no respondió
-Eres amigo de la Pepita, ¿verdá?
-Supongo.
-Si no lo fueras, ¿por qué habrías de preocuparte por ella?
-Es que nunca había visto a una mujé así, que se deje llamá como si fuera una fulana.
-Pero mira que eres inocente tú… es que es una puta.
-Ya, pero también las prostitutas merecen un mínimo de respeto, ¿no?
Cipriano se encogió de hombros:
-Nunca ha sío así y no creo que cambien las formas. Ella está acostumbrá. Es su trabajo. Pero no te apures, qeu sabe cuidarse. Anda, espérala ahí.
Y le señalaba una silla vacía en un rincón.