La Giralda, Sevilla
Los ojos de Calixto vieron por primera vez la Giralda con la madrugadora y joven luz azulada del amanecer. Las palomas comenzaban a arrullarse en los árboles y sobre los adoquines de las silenciosas y desiertas calles, y el corazón del joven quedó prendado como en su tiempo lo estuvieron, y por años lo seguirán estando, los corazones de los visitantes.
El aire frío le azotó el rostro, haciendo que por él corrieran las lágrimas y, tras frotarse las manos con energía, echó a andar sin rumbo fijo, preguntándose qué clase de trabajo podría él desempeñar en la ciudad, siendo un pobre pastor de cabras como era.
Los negocios comenzaban a abrir y la calle se llenó con las primeras gitanillas que vendían abalorios, flores, rosarios y escapularios y decían la buenaventura.
Él siguió su andadura, sonrojándose ante los piropos de las descaradas chicuelas y negándose a comprar las ramitas de romero de la suerte:
-Shiquillo, con esos ojazos y que no quieras ni mirarme. Anda, compra el romerito, verás que cambia tu suerte.
Algunas, ante su negativa, se enfadaban:
-Malas puñalás te den… será arrajunó* y saborío el palatuñó*.
Y ante aquello, Calixto no hacía más que sonreír, puesto que ni para aplacar el hambre podía permitirse comprar un mendrugo de pan.
Sus pasos lo llevaron ante la fábrica de tabaco, que en ese precios momento abría sus puertas para dejar pasar al abundante grupo de cigarreras y su chiquillería:
-¡Ay, Dios mío!- Oyó un grito a su paso-. Si no estuvieras tan esmirriao a san Antonio iba yo a resarle pa que nos arreglara.
-¡Déjalo en pá, Rosío! ¿No ves que es un pobre desgrasiao que no está pa piropos?
Calixto sonrió de nuevo sin molestarse. ¿Para qué, si todo aquello era verdad?
Le asombraba el desparpajo y la graciosa y despreocupada desfachatez de las mujeres, tan distintas a las sombrías y sufridas del campo.
Pasó el día dando vueltas y vueltas, perdiéndose por las calles de la ciudad, preguntando en las obras y en lo comercios si necesitaban algún trabajador, y recibiendo siempre la misma respuesta: todo estaba lleno.
Calixto, resignado, siguió probando suerte, sabiendo de antemano que aquello sería así. Nadie se aventuraría a dar trabajo a un desconocido, arriesgándose a tener un mal encuentro.
Cansado, decidió sentarse en los escalones de la plaza del Salvador, donde un par de traseúntes le echaron, sin mirarlo, un par de monedas.
Calixto se sintió ofendido y herido en su orgullo, pero tragándoselo, recogió el dinero y se lo echó al bolsillo, en el fondo algo aliviado al pensar que, al menos aquella noche, cenaría.
El día pasó lentamente; Calixto, con los pies inflamados, vio pasar el resto del día en aquella plaza, incapaz de dar un paso ni mover un músculo sin que le obligara a soltar un quejido de dolor. El joven, con los ojos cerrados, estiraba el cuello hacia el cielo, para captar el calor del sol, pero los rayos de éste apenas calentaban. Sólo servían para alumbrar.
El hambre torturaba su estómago y tentado estuvo de buscar una taberna y gastar los céntimos que le habían tirado, pero prefirió esperar y acostarse con el estómago lleno.
Sintió un pequeño vahído y terminó por recostarse contra la pared.
Sollozó, completamente vencido y rezó a la Señora del Pan para que lo socorriera.
Y así pasó el mediodía y la tarde fue declinando y el frío arreció.
Los faroles de las calles se encendieron con su fría luz blanca, a la que Calixto, aupándose en un banco, acercó sus manos en un vano intento por calentárselas. Sus dedos se habían afilado y su piel palidecido y entonces se dio cuenta que lo que su piel cubría no eran más que huesos. Sus dedos estaban torcidos y eran duros, enrojecidos de sabañones y grietas sangrantes.
Se acerco a una ventana oscura y allí atisbó su irreconocible rostro. Estaba afilado y mortalmente pálido, sus mejillas sobresalían alarmantemente, huesudas y duras, y su barbilla más parecía una cuchilla mellada que una barbilla propiamente dicha. Los ojos brillaban oscuros y febriles, enormes y agrandados en medio de la enflaquecida y demacrada cara, ocupando las casi tres cuartas partés de ésta.
Apoyando la frente en el helado cristal y las grandes manos como enormes arañas albinas, asidas a la pared, esperó a que el súbito mareo pasara y la calle dejara de dar vueltas alrededor, y, cuando se encontró en condiciones de avanzar sin tener que auxiliarse en nada, se adentró con paso vacilante en las callejas oscuras.
Ofrenda al arte del toreo, de Julio Romero de Torres
Alguien le chistó desde una esquina en penumbras y, cuando miró, vio a una mujer vestida de rojo, con un traje hecho jirones y el rostro semicubierto con un mantoncillo.
-Guapo, ¿quieres vení conmigo? Ya verás qué bien lo pasamos. Nadie tié queja de mis servisios. Ya verás, calochí*.
-No, gracias. ¿Sabría decirme un sitio pa comé y que sea barato?
La prostituta hizo un gesto de desprecio:
-Pos vaya hombre, que prefiere llená el estómago antes que disfrutá con una buena hembra.
Luego miró a Calixto y vio los enormes ojos hambrientos suplicándole en la oscuridad.
Se encogió de hombros:
-Tampoco creo que me sacaras de pobre. Anda, sígueme, palatuñó. Los Pajaritos tié que está hoy hasta las trancas. Tú allí carmas el hambre y yo quizá consiga argunos clientes.
Calixto la siguió a prudente distancia, mientras ella caminaba con aire desenvuelto; el chal cubriendo sus brazos desnudos y las manos en la cintura.
De vez en cuando la mujer se volvía y lo miraba con ojos oscuros, turbadores y provocativos.
Por fin se paró y lo miró de frente, aproximándose tanto a él que Calixto terminó por ruborizarse:
-Bueno, bedoró*, ¿qué pasa? ¿Me vas a llevá to el rato así de aburría? No voy a cobrarte por hablarme.
-Lo siento- fue lo único que se le ocurrió decir.
-Ozú, shiquillo, qué shushurrío eres-, le golpeó el hombro cariñosamente con el abanico-. Pos te voy a desí una cosa: aquí, con esa cara de ratón asustao, no se consigue ná. Hay que sé desenvuerto, con desparpajo. Un poquito bandío, un poquito ladrón y un musho pícaro.Eso, si quieres salí de pobre. De toas formas, te digo: con esa cara no vas a conseguí aliviá el hambre, así que sonríe, que al menos, si tampoco te va a dá de comé, te alegrará el corasón.-. Como Calixto sonrió, la mujer se volvió más familiar tomándole del brazo como si fuera su galán.
Ambos continuaron la marcha.
-Vamos a vé, ¿tú cómo te llamas?
-Calixto Mejías.
-Oy, qué buen nombre pa empesá aquí. Yo me llamo Pepita Gutierre, pa servirte. Y, ¿de dónde vienes?
-De Almenas de la Sierra.
-¿Y eso dónde está, mi arma?
-Cerca de Constantina.
Pepita se encogió de hombros:
-Yo nunca he salío d´aquí, así que no sabía que esistían esos pueblos.
Volvió a hacerse el silencio:
-Vamos a vé, ¿y qué hases tan lejos?
-Si no conoce el pueblo, ¿cómo sabe que está lejos?- Preguntó Calixto bromeando.
-Oye,- se paró ella en mitad de la calle y lo miró enfadada-. De mí no se burla ni mi mare, que en gloria esté.
-Lo siento-, se azoró Calixto-. No pretendía reírme de usté.
Las negras cejas de Pepita siguieron fruncidas, pero volvió a colgarse de su brazo y siguieron andando.
-Yo no sé mushas cosas, jelí*, pero traes aromas de camino y andas peó que un pato mareao, así que supongo que er pueblo está lejos. Porque con tu edá, yo no me creo que tengas reuma.
-No-. Calixto rió-. Vengo en busca de trabajo. Mi padre murió y mi madre y mi abuela se mueren de hambre.
-Pos habé empesao por ahí, arma de Dió. En los Pajaritos seguro que encuentras argo. Pero ten cuidao, que antes que pestañés, te han dao gato por liebre. No reshases ná, pero no te comprometas tampoco con nadie, que a poco que te descuíes, te amarran y no te suertan. Y si eso pasa, te aseguro que vas a sé más esclavo que trabajaó.
-Oiga, Pepita, ¿por qué hace usté esto por mí?
-Porque hase musho tiempo que nadie me habla de usté, como si fuera una señora.
Calixto se conmovió ante aquella confesión.
Siguieron el camino hasta los Pajaritos hablando de varios temas, sobre todo Pepita, que seguía aconsejándole sobre la vida en la ciudad.