
Carmen 1928, de Julio Romero de Torres
María rompió en amargas lágrimas, tal y como su hijo se había temido, al enterarse cómo lo habían echado del trabajo.
-¿Y ahora qué vamos a hacé?- sollozaba la mujer-. ¿Qué vida nos espera?
-Madre, no se preocupe usté, que ya saldremos p´alante.
-¿Cómo, Calixto? Nadie quiere darte trabajo, la señora de don Torrealba se ha ido y era la única que me hacía encargos grandes.
-Quedan muchas mujeres en el pueblo, madre.
-Pero, hijo mío, ¿tú crees que van a vení a que les cosa siendo la mujé de quien soy?
-Iré a buscá trabajo a Constantina, al Pedroso, a San Cristóbal, a Lebrija si hace falta. En algún lao encontraré a alguien que esté dispuesto a socorrernos.
-Siempre creí que era un atolondrao, pero nunca llegué a imaginá que tuvieras tantos pájaros en esa cabezota tuya-. Ambos se volvieron hacia la puerta de la cocina y allí encontraron a la anciana.
-Madre, ¿cuánto tiempo lleva ahí?
-El suficiente-. La abuela se sentó trabajosamente en la silla coja que tanto le gustaba-. Si pensáis que la gente olvida, os equivocáis. Las noticias corren más rápidas que el viento. Parece que las aviva el diablo. Si quieres intentarlo, hazlo, pero no te valdrá de nada. Los campesinos por cuenta propia, los que tienen sus pequeñas huertas, son los que más protegen a esos bandoleros del demonio porque a ellos jamás les roban. Pero los demás, los que trabajan pa los señores, los odian con iguá o más ahínco que sus patronos, porque son una amenaza pa sus trabajos. Lo que sobran son trabajadores. Pero inténtalo si quieres. Corre, haz que me tenga que tragá las palabras.
Calixto apretó los dientes y decidió que haría ver a su abuela paterna lo equivocada que estaba.
Los comedores de patatas, de Vincent Van Gogh
Los días pasaron lentos.
El hambre se había instalado en la destartalada choza como un habitante más.
María cosía parches a los agujeros de sus ropas, de forma que todos terminaron vistiendo puros remiendos de colores desvaídos y Calixto tenía que sufrir que los niños de los pueblos vecinos corrieran tras él pensando que era un titiritero o un juglar.
Todos los días recorría más de cinco kilómetros de un pueblo a otro y en todos le daban la misma respuesta. No había trabajo. De pueblo en pueblo paraba a recoger cardos y espárragos amargos con que cenar, aceptando las monedas y mendrugos de pan duro que las almas caritativas le daban, confundiéndolo con un mendigo vagabundo.
Águeda se había negado en redondo a separarse de su tata e irse a vivir a las grandes casonas de los que fueran amigos de su padre y tanto ella como Catalina ayudaban a Calixto y a su familia en lo que podían, pues ellas también estaban pasando penurias. Cuando podían les llevaban tazones de sopa caliente, leña o carbón para que se calentaran, ropas de abrigos o algún que otro jarrillo mediado de aguardiente para que los estómagos entraran en calor.
El agua fue lo que nunca faltó. Para engañar el hambre, bebían constantemente.
Una de aquellas tardes, tras mendigar trabajo de un pueblo a otro y dejarse el alma, la dignidad y las suelas de los zapatos en el camino de lo agujereadas que estaban de clavarles clavos una y otra vez, Calixto llegó a la casa y se derrumbó sobre una de las sillas, que ni siquiera crujió bajo él, pues había adelgazado tanto que ni un gramo de grasa quedaba en aquella sombra de cuerpo.
María lo miró y, sin preguntar, le puso un plato con cinco castañas delante y un vaso con un dedillo de aguardiente.
Calixto la miró:
-¿Ha sío Águeda?
-Sí-. La voz de María apenas salió del cuerpo-. Fue esta mañana a recogerlas. Ten cuidao, que alguna están podrías ya.
Él rostro de Calixto dibujó una sonrisa amarga:
-To es alimento. ¿Vosotras ya habéis comío?
-Yo dos. La abuela una. Eso sí, aguardiente ha habío por iguá.
-Pues venga, siéntese y coma algunas más. Y llame a la abuela que coma también.
-No, hijo, come tú que estás to los días por esos caminos de Dios.
Calixto mordió la castaña y la comió con cáscara y todo.
-Águeda nos ha dejao las mejores-. Susurró María-. Si vieras en qué estao estaban las que se llevó ella…
-Que Dios la bendiga- dijo él con desgana, pero de todo corazón.
Hubo un silencio incómodo que María rompió al fin:
-La abuela hoy ya no se ha levantao.
Calixto dejó de masticar y la miró fijamente.
Su madre, con lágrimas en los ojos, lo miró a su vez y asintió.
-Y usté sigue defendiendo a padre.
-Calixto…
-Nos está dejando morí de hambre. Nos ha olvidao y usté sigue defendiéndolo.
María rompió a llorar:
-Perdóname, hijo, perdóname.
-¿Perdonarle qué?
-Que no te lo haya contao antes.
Calixto frunció el ceño:
-¿Qué? ¡Hable!
-¡Tu padre murió hace unas semanas! Que le tendieron una trampa días después de su asalto al “Rejoneo”. Que le atravesaron el pecho con lancetas, como si fuera un animá. Lo acorralaron con perros, en una cacería humana. El “Azabache” vino a darme la noticia y el pésame. No lo juzgues, hijo mío, no lo juzgues, que hizo por nosotros cuanto pudo.
Calixto, sin terminar su cena, se levantó, terrible, y salió de la cabaña.
María se abalanzó sobre la puerta y lo llamó a voces, pero el joven se había perdido en la noche.

Caín y Abel, de Rubens
Volvió con la primera luz azulada del amanecer para encontrar a María sentada a la mesa, a la espera del regreso de su hijo.
Cuando lo vio entrar se levantó y, apoyada en la mesa, avanzó, débilmente, unos pasos.
-Calixto, estaba preocupá… dime que no estás enfadao conmigo.
El joven se sentó cansinamente:
-No, madre, no estoy enfadao. ¿Quién fue el que mató a padre?
María murmuró un inaudible “no lo sé”, y estrechó al mozo contra su pecho, acariciando los oscuros cabellos.
-¿La abuela lo sabe?
-No. ¿Pa qué apenarla innecesariamente?
-Mejó así.
María se sentó junto a su hijo y le acarició amorosamente la mano.
-Tó saldrá bien. Dios no permitirá que nos muramos de hambre.
Calixto guardó silencio unos instantes y luego dijo, con un tono que no admitía consejo, duda ni oposición:
-Me voy a Sevilla. Allí sobra el trabajo. Me voy, encontraré algo y os haré llegá dinero y comida.
Los labios de María temblaron:
-A la capitá. Te vas a la capitá y nos abandonas.
-No os abandono. ¿Prefieres que me quede aquí, dejándome la piel en esos caminos pa no traé más que cuatro espárragos? Deme la bendición, madre, que la decisión ya está tomá.
Y María besó a su hijo en la frente.
La Madonna de Brujas, de Miguel Ángel
La ermita se alzaba, humilde y sencilla, sobre la suave ladera del monte, hermosa con aquel dulce abandono salvaje y aislado de las ermitas de los pueblos; destacaba blanca y grisácea entre los pinos y los eucaliptos, con su techo de pizarra y su pequeña campana de bronce renegrido en el campanario.
Calixto, sombrero en mano, penetró en la ermita tras saludar al ermitaño y avanzó por el suelo empedrado hasta situarse ante el sencillo altar, que no consistía más que en una verjilla de hierro negro tras la que se hallaba una mesa de madera oscura y un nicho en la pared donde se encontraba, flanqueada por flores y ángeles, la Señora del Pan.
La imagen pertenecía al siglo XII; de estilo gótico, mantenía tal dulzura en el rostro y en la forma de abrazar a su Hijo en los brazos y darle el pecho, que era imposible no conmoverse.
Se contaban por millares los milagros de la Señora del Pan, pero hacía siglos desde que se diera el último.
Y ahora Calixto se hallaba arrodillado ante ella, sombrero en mano, rogándole de todo corazón que le permitiera encontrar algo en Sevilla para poder alimentar a su familia.
Tras santiguarse y lanzar una cariñosa y esperanzadora mirada a la Señora y al Hijo, salió de allí y tomó el camino que llevaba a la capital.