Duelo a garrotazos, de Goya
Los vio apostados en la puerta, los rostros morenos con una mueca de odio, los robustos y velludos brazos cruzados sobre el pecho y las piernas, como troncos de árboles, separadas, afianzadas en el suelo:
-Por aquí no pasas, Mejías. No queremos que trabajes con nosotros. Mejó te vas por donde has venío.
Calixto los miró de hito en hito, sin querer dar crédito a lo que escuchaba:
-Pero, ¿a qué viene esto? Venga, dejaos de bromas que tengo mucho trabajo.
-Pues lo tendrás en otro sitio, porque lo que es aquí no vuelves a sacá las cabras.
Ahora Calixto ya supo que aquello era algo más que una broma pesada.
-No podéis hacerme esto, compañeros. Yo he sentío tanto como vosotros la muerte del patrón, pero yo no he tenío ná que vé con ella y mi padre tampoco. Lo que pasó no fue directamente culpa suya.
Uno de los trabajadores avanzó unos pasos rápidos y provocadores, y, si no hubiera sido porque algunos lo sujetaron, se habría lanzado contra Calixto a puñetazos:
-¡Cabrón, hijo puta…! ¡No ha sío culpa de su padre, dice! ¡Colgao como los cochinos tendría que está!
Calixto cerró los puños y se lanzó contra el obrero, pero el capataz lo empujó fuerte en el pecho y lo hizo rodar por el suelo:
-Quédate ahí tranquilo, shavá, que lo he hesho por tu bien-. Se apresuró a decir el hombre cuando vio que Calixto pretendía volver a alzarse, lleno de rabia-. ¿Qué buscas, que Ramón te parta en dos? Lo mejó que haces es irte d´aquí y rápido, porque lo que es seguro es que aquí no vuelves.
Las lágrimas de rabia se agolparon a los ojos del joven:
-Pero, ¿os habéis parao a pensá que mi familia se va a morí de hambre? Por Dios, que el único sueldo decente que entra en mi casa es el mío.
-Pos os la apañáis con el menos decente de tu padre. ¿O es que crees que no sabemos que os hace llegá parte de sus pillajes?- Calixto, con un nudo en la garganta, negó desconsolado-. Nosotros también tenemos familia y si no hubiera sío por la buena voluntá de don Damián Malpica, ahora se estarían muriendo de asco, así que no nos vengas con monsergas. ¡Lárgate!
Pero como Calixto seguía allí de pie, sin moverse, las piedras y el barro comenzaron a llover sobre su cabeza y sólo echó a correr cuando uno de los proyectiles le alcanzó en el hombro, lastimándolo.
Fresco de un acróbata sobre un toro junto a dos acróbatas femeninas a cada lado. Tauromaquia en Creta.
La noche lo sorprendió vagando por las calles de Almenas de la Sierra, desesperado, cansado de mendigar un trabajo que todos le negaban.
Sabía bien que no lo hacían por ser hijo de quien era, puesto que aquel hecho a los campesinos nunca les había importado, e incluso lo habían llegado a mirar con cierta admiración, pues lo que su padre se había atrevido a hacer no osaban muchos por falta de valor.
No. Si ahora lo miraban mal, aquel cambio se debía a la muerte de don Marcelo, hombre famoso por su justicia y muy apreciado por todos. También comprendía el enfado de los trabajadores con él; había estado a punto de perder sus trabajos por culpa de su padre. Sí, por mucho que le doliera, era culpa de su padre.
Una mezcla de sentimientos luchaban en su interior en feroz batalla y el resultado de ésta, como en todas, tomaba forma en las ardientes lágrimas que resbalaban por sus mejillas.
Si en aquel momento alguien le hubiera preguntado qué sentía, no habría sabido responder. Por un lado el orgullo de que su padre no se hubiera conformado con su suerte y hubiera tenido el coraje que otros no tuvieron. Por otro, el odio que sentía cada vez que veía a su familia alimentada con el pastoreo de las cabras, que nunca era suficiente.
Si don Marcelo no hubiera accedido a darle aquel trabajo, haría ya tiempo que todos habrían muerto de hambre. Sentía que los habían abandonado. ¿Por qué su padre no había tenido contacto con ellos más a menudo? ¿Por qué no les mandaba para comer? Su madre siempre lo excusaba, alegando que la vida de bandolero no era fácil y que no se sacaba tanto como todos pensaban:
-Los caminos son peligrosos. La Guardia Civí es como un fantasma, siempre al acecho. ¡Cuántas veces no habrán tenido que dejarlo todo en esos senderos! ¡Hasta la vía de sus compañeros!
Su madre… A estas horas ya estaría preocupada por la tardanza de su hijo.
La imaginaba asomada a la ventana, escudriñando la oscura calle empedrada a la espera de ver aparecer la silueta del joven. Pero Calixto no podía volver. No se creía con fuerzas para ver a su madre llorar desesperada ante aquella noticia.
Sentía dentro de sí tanta ira, tanta frustración, tanto dolor que no dudó en volver a llevar a cabo lo que otras muchas noches había hecho y por lo que, de niño, se había llevado alguna que otra paliza. Aquello había pasado. Ahora sabía cómo seguir haciéndolo sin que lo descubrieran.
Se encaminó hacia el pantano del Mirlo, se desnudó a pesar del frío y se sumergió en las negras y poco conciliadoras aguas.
Salió de allí entumecido, muerto de frío. Las articulaciones le dolían y toda su piel se había encogido como si se tratara de un traje que le viniera demasiado estrecho.
Permitió que el viento frío secara su cuerpo, pero ni aún así consiguió calmar lo que sentía en su interior.
Dejó pasar el tiempo hasta la media noche, sentado al pie de un nogal, sumido en sus pensamientos, clavados los ojos en la luminosa luna llena que reflejaba su rostro en las tranquilas aguas del Mirlo; escuchando, sin oír, el viento gimiente entre las hojas de los árboles y la hierba, rozando la superficie del lago, rizándola, y el ulular de la lechuza sobre su cabeza.
Cuando creyó conveniente, echó a correr hacia el pueblo, hacia el cortijo de don Bonifacio, el que un día fuera patrón de su padre, con la camisa quitada y ondeándola al viento.
Para cuando llegó a su destino, su cuerpo de muchacho de dieciocho años poco desarrollado, se hallaba perlado de sudor y su corazón latía desbordado dentro del pecho.
Los pastos se agitaban al compás del viento.
En los establos relinchó un caballo y desde el vallado resopló, intranquila, la enorme masa negra que venía buscando.
Camisa en mano, saltó el vallado y se plantó ante el inmenso animal, cuya cornamenta brilló, blanca e inmaculada, al alzarse hacia la luna para mirar, desconfiado, al recién llegado.
-Toro…- susurró Calixto aproximándose al animal y blandiendo ante él la blanca camisa a guisa de capote-. Toro…
El mastodonte resopló y el aliento salió de sus ollares en forma de vaporosa nube alba, que se enroscó fantasmagóricamente entre las astas.
Calixto avanzó hacia él, altivo, y quedó a pocos pasos de la bestia.
-Toro-. Volvió a repetir mientras avanzaba el pie derecho.
Un quiebre de cintura y la camisa plantada ante los morros del animal, ondeándola, provocándolo.
-Toro.
Y la mole, negra como la noche misma, con aquellos ojos de estrellas frías y relucientes, contestó a la provocación embistiendo contra aquel trapo ondeante.
Calixto, con los nervios fríos y la sangre hirviéndole en las venas y en el cuerpo de tal forma que sentía como si lo abrasara, hizo un quiebro de cintura y un pase de muleta; un derechazo perfecto que el animal embistió ferozmente pasando junto al joven, sin rozarlo. Mientras sentía el tronar de las pezuñas del toro retumbándole dentro del pecho, captó el calor de la bestia y su aroma a algo remoto; a aquellos lejanos siglos en los que el hombre era tan primitivo como el animal.
Calixto se volvió para enfrentarse una vez más al astado y, una vez más, respondió el toro que, sin apartar su sojillos de escarabajo de la improvisada muletilla, escarbó, impaciente, la tierra.
La verónica que Calixto realizó fue perfecta y tras una media hora de pases y jadeos, ambos, animal y hombre, sudorosos, se miraron a los ojos a distancia prudente.
-Si hoy estuviéramos en una corría de verdá, habrías ganao tu vida.
El animal, altivo, la mirada orgullosa en sus ojos y las astas desafiantes enmarcando el enorme disco celeste, resopló y sacudió la cabeza.
-¡¿Quién anda ahí?!
Calixto se encogió sobre sí mismo, con un ojo puesto en el sitio de donde provenía la voz y el otro en el inmeso y oscuro animal.
-Ahora tengo que irme- susurró-. Hasta la próxima.
El toro dio varios pasos amenazantes hacia él, pero Calixto siguió andando despacio.
Cuando hubo saltado al otro lado de la valla, asintió:
-Tal vez los dos hayamos ganao esta noche nuestras vidas.
Y alejándose de allí, fue tragado por la oscuridad, como si nunca hubiera estado en aquel lugar.