La muerte de Sócrates, Jacques-Louis David
El silencio en la casa del alcalde pesaba como una lápida sobre las cabezas de los cuatro hombres allí reunidos. Ninguno sentía ánimos como para articular una palabra.
-Es… era el mejor hombre que jamás he conocido- rompió el silencio don Augusto Ordoñez, llevándose los dedos a los ojos en un vano intento por demostrar cansancio, cuando todos habían visto brillar las lágrimas y oído su voz quebrarse en el último momento.
-Es duro lo que voya decir- murmuró don Rodrigo Albéniz,- pero quizás sea mejor así. Es preferible que su corazón lo haya llevado a la tumba a que hubiera debido enfrentarse a un juicio por incumplimiento de contrato… y deudas. Su orgullo herido le hubiera dolido más que su corazón. Seguro que hubiera preferido esto a no poder cumplir con su palabra, no poder volver a llevar la cabeza en alto y verse señalado.
-¡Y una mierda!- Todos se volvieron sorprendidos hacia don Augusto-. ¡No ha sido el corazón lo que le ha matado, sino esos hijos de perra! Y por Dios juro que esto no va a quedar así.
-No blasfeme, don Ordoñez- dijo, sin fuerzas, don Benito.
-¿Y qué quiere que haga? ¿Cómo quiere que mantenga la calma cuando veo que el Todopoderoso permite que un hombre justo, el hombre que salvó la vida de mi hija y que ayudaba al desamparado cuanto podía, muera y que su esposa y su hija, a las que adoraba, hayan tenido que volver a Francia, dejando en manos de don Damián Malpica el cortijo donde durante tantos años han vivido y las tierras por las que don Marcelo trabajó tanto? ¡¿Cómo no quieren que me subleve contra Él?!- Don Benito se santiguó, escandalizado-. Pero esto no va a quedar así.
-Hacemos lo que podemos. Mis hombres patrullan día y noche-. Se excusó sin fuerzas el comandante Juanes.
-No lo dudo, pero no es suficiente.
El silencio volvió a caer sobre los cuatro hombres.
-¿Sabemos al menos qué será de los trabajadores de la casa de don Marcelo?
-Han estado todos muy preocupados- contestó don Albéniz-. Temían que don Damián los echara, pero parece ser un buen hombre y les ha asegurado que nadie será despedido. Aunque, sinceramente, no creo que los propios trabajadores quieran a Calixto Mejías con ellos. Apreciaban al patrón y por culpa de su padre han estado a punto de quedarse en la calle. Lo echarán, de eso no hay duda.
-No será porque no le advertimos en su día que estaba dando refugio y trabajo al hijo de un zorro.
-Calixto Mejías no ha sido culpable de nada-. Interrumpió con calma pero con rotundidad don Álvaro Juanes-. Su único pecado es ser hijo de un bandido, de nada más. No es justo que pague por las culpas de su padre.
-¿Ése? Ése va por el mismo camino del que lo engendró. Y si no, al tiempo.- Contradijo el alcalde.
-Eso mismo pensaba yo al principio-. Admitió el comandante Juanes-. Pero he tratado al joven y es íntegro, con un gran sentido del deber. Reafirmo la opinión que de él tenía don Marcelo y el gran error que sería tomar represalias contra él po un crimen que cometió su padre. A don Marcelo tampoco le gustaría la actitud que están tomando.
Sidonia von Bork, de Edward Burne-Jones
-Dejad la memoria de don Marcelo en paz, que demasiado atormentado estará ya su espíritu. Debe estar revolviéndose en su tumba al saber lo que su mujer ha hecho con la pequeña.
Todos miraron al cura, sin saber de qué hablaba.
-¿Qué ha querido decir con eso?- Preguntó don Álvaro.
-La viuda de don Marcelo se ha marchado sola a Francia, dejando a la niña con Catalina.
Los tres hombres se miraron entre sí:
-Bueno, quizás sea provisional. Dentro de unos días volverá a por ella- quiso disculparla don Rodrigo.
-Es definitivo- afirmó don Benito.
-Pero eso es abandono de un menor.
-Pues nada, señor alcalde, vaya a echarle el guante a Francia, a ver si la encuentra.
-Siempre se ha comentado que no la quería, pero de ahí a abandonarla media un abismo-. Murmuró don Álvaro.
-Vendió las acciones de la bolsa por una miseria y ha cruzado la frontera- siguió explicando el párroco.
-Pero los abuelos de Águeda tendrán algo que decir, me imagino.
-Tendrían algo que decir si siguieran vivos. La señora de don Marcelo ya viajó dos veces a Francia el año pasado por ambos entierros con tres meses de diferencia entre uno y otro. Allí le espera la herencia de sus padres y la casona en la que vivieron.
-Menuda víbora.
-Y pobre don Marcelo.
-Sí- asintió don Augusto-. Pobre don Marcelo, pero juro que esto no va a quedar así.