La noche estrellada, de Vincent Van Gogh
Los insistentes golpes en la puerta levantaron a toda la casa.
Don Marcelo, malhumorado más que preocupado, miró el reloj de bolsillo que siempre dejaba sobre la mesilla de noche y comprobó que eran las cuatro de la madrugada. Aún le quedaba una hora de sueño y le fastidió el importuno que llamaba de esa manera.
Se limpió el frío y pegajoso sudor de la frente mientras se enfundaba en la bata granate que Matilde le regalara en su primer aniversario.
Al dirigirse a la puerta, un vahído le obligó a agarrarse a la esquina del armario.
-Diablos.-Murmuró.
La noche, en efecto, estaba siendo endemoniada, plagada de pesadillas, sin apenas descansar, sumido en un interrumpido y cansado duermevela; una noche vertiginosa donde, a veces, cuando abría los ojos sin ver, los objetos parecían dar vueltas a su alrededor.
Unos nervios injustificados, como patas de hormigas, recorrieron su pecho y su estómago.
Maldijo entre murmullos la copiosa cena en casa de don Albéniz y, tambaleándose, alcanzó la puerta, con aquel leve dolor en el brazo izquierdo que no lo había abandonado en los últimos días.
En la planta baja se amontonaban ya todos los habitantes de la casa, excepto Águeda.
-¿Por qué demonios no abrís de una buena vez?- Preguntó de un humor de perros.
Decididamente, no se encontraba bien.
El asesinato, de Paul Cézanne
Catalina, asombrada ante un arranque que nunca antes había observado en el señor, se apresuró a abrir y en la puerta, bajo la intensa niebla, apareció la pálida figura del capataz del “Rejoneo”.
Alfonso no esperó a que lo invitaran a pasar y entró, temblando ya por frío, ya por emoción.
Nervioso, miró a su alrededor en busca del rostro de don Marcelo y cuando lo descubrió sobre las escalera, se aproximó al pie de éstas sin osar subir.
-Don Marcelo…- la voz no le salía sin que se le quebrara al desgraciado.-Don Marcelo…
-Habla.
-El “Aceituno” y el “Gazñán” han entrao a robá.
El dolor en el brazo de don Marcelo se acentuó:
-¡Maldita sea! Mira que tengo fincas y ha tenido que ser precisamente en la que aún me pertenece y que está bajo mi responsabilidad. Ya podrían haber esperado dos días más a que estuviera en poder de don Damián.- Decidió ignorar el dolor y aparentar calma para no inquietar a Juliette ni a los sirvientes-. ¿Qué se han llevado?
-Ná.
Don Marcelo sonrió:
-Y entonces, hombre de Dios, ¿a qué has venido? Podías haber esperado a mañana y haberte ahorrado el paseo.
-Pero, señó, es que de la hacienda tampoco queda ná. Ha ardío hasta los cimientos.
Los nudillos de don Marcelo se reblanquecieron y una palidez cadavérica ascendió hasta su rostro.
-El “Aceituno” había intentao llevarse algunos caballos, pero Ricardo, el guarda que usté puso pa que vigilara to las noches hasta que don Damián tomara posesión de ella, les salió al encuentro, disparando. Los dos bandidos se dieron a la fuga por entre los olivares perseguíos por Ricardo. El “Gazñán” se volvió, disparó y le dio a su perseguidó, que cayó y perdió la antorcha. Las llamas prendieron en los matojos y el fuego corrió como el viento, señó. Hicimos to lo humanamente pa extinguirlo, pero…-Alfonso calló trágicamente.- Tuvimos que desalojá la casa, don Marcelo. Y Ricardo murió entre las llamas, calcinao. Cuando se consiga ir a por él, no se encontrará ni el esqueleto.
-Es… mi ruina…
Don Marcelo inclinó la cabeza sobre el pecho, contrayendo los ojos de dolor.
-Don Torrealba, ¿se encuentra bien?
La única respuesta que recibió el capataz fue la caída de su patrón desde lo alto de la escalera.
La señora se desmayó con un grito y la tata Catalina hubo de sostenerla.
Cuando los demás sirvientes acudieron a socorrer a su señor, don Marcelo Torrealba ya estaba muerto. Su corazón no lo había resistido.