El tocador de Venus, de Rubens
Asomada a la ventana, con los cristales abiertos de par en par y con la fría corriente de aire arropándola como un suave abrigo de piel, jugueteando con el blanco camisón y las níveas cortinas, Juliette se hallaba ensimismada en sus pensamientos.
Se sentía desdichada, incomprendida, incompleta. Sentía un vacío en el estómago y se preguntó cómo era posible que tras la abundante cena, volviera a sentir hambre.
Se alejó de los ventanales sin cerrarlos y se sentó frente al oscuro tocador de caoba. Quedó absorta mirando su imagen en el espejo, sin verse, y, al poco, rompió a llorar amargamente, comprendiendo que aquel vacío en el estómago no era ni más ni menos que su palpable soledad; aquella soledad a la que el recuerdo de su hermana la había sometido.
Siempre la había opacado en todo. La maldijo entre dientes y se mordió los nudillos hasta hacerse daño, hasta dejar las huellas rojas y profundas de sus dientes en la piel.
La gente siempre había dicho que Juliette era mucho más bonita y fina que Matilde, pero a la hora de la verdad, todos preferían a la mayor antes que a ella.
Volvió a maldecir a su hermana y su carácter tímido y cautivador. Y también maldijo a Marcelo, siempre embromándola, haciéndola concebir ilusiones, haciéndola creer que ella era la única que ocupaba su corazón, predisponiéndola a albergar la esperanza de que terminaría desposándose con ella, para terminar hundiéndola en la desesperación y el dolor al declarar su amor por Matilde. ¡La odió entonces como nunca pensó que pudiera odiar jamás! Y él, tan… tan… ¡embaucador! Esa era la palabra.
Siguió embromándola y Juliette tuvo que aguantar, poniendo sobre su orgullo herido una máscara de risa y felicidad por su hermana.
La Donna Velata, de Rafael Sanzio
¡Y cómo siguió sufriendo cada vez que Marcelo y Matilde iban a casa de visita! Nunca intentó nada para separar a Marcelo de su hermana, puesto que sabía que aquel era el camino más corto para alejarlo de ella. Decidió esperar tranquila, pacientemente. Había oído hablar a solas, en la cocina, a la nodriza y a la abuela, preocupadas por la endeble salud de Matilde, de la próxima boda y del peligro que su hermana corría si terminaba quedando embarazada. Demasiado estrecha, fueron las proféticas palabras y, aunque avergonzada por el mal que le deseaba a su Matilde, no pudo evitar que un estremecimiento de placer la recorriera por entero.
¿Cuánto tiempo podía tardar su hermana en quedar preñada? ¿Un año, unos meses? Marcelo era un hombre pasional y el suceso no se haría esperar. Y para entonces ella estaría allí. Y, aunque no consiguiera preñarla, Marcelo quería llevársela a España, ¡a Andalucía! ¿Cuánto tiempo podría su hermana permanecer en, a su entender, aquella tierra agreste y llena de bandidos, entre salvajes incultos, en una sociedad atrasada, que por no tener no poseían ni ferrocarriles? A las primeras de cambio se enfermaría de cualquier cosa que padecieran aquellos gitanos y ella, Juliette, sabría aprovechar la oportunidad.
Y la supo aprovechar, en efecto.
Pero las cosas no eran ni remotamente como ella se había imaginado. Para empezar, Marcelo se había negado en redondo a abandonar la tierra a su padre; unas raíces que se asían desesperadamente a su corazón, casi desgarrándolo, no le permitían pasar mucho tiempo lejos de allí. Y en segundo lugar, la sombra de Matilde siempre se hallaba entre ellos, tomando forma en aquella niña que la ponía histérica y a la que no soportaba.
Clara Rubens, de Rubens
Odiaba aquel parecido con su madre, aquella irritante forma de mirar, de hablar, de decirle mamá. Pero ante todo, lo que más odiaba Juliette era a sí misma, a la incapacidad de poder tener hijos, a sus vanos esfuerzos por hacer caer en el olvido para siempre a su hermana, que lo único que le había dejado era un hombre sin espíritu ni salud, sin pasión. Hasta aquello le había arrebatado, llevándoselo con ella a la tumba, dejando en su lugar un despojo de hombre, una sombra pálida de lo que fuera cuando lo conoció allá en Francia. Su muerte había apagado al Marcelo que ella amó, pero cuando se casó con él, aún tenía la esperanza de hacerlo revivir. Se había sacrificado en una tierra que odiaba, que no entendía, cuidando de una niña que ni siquiera era suya y dándole sus mejores años a un hombre que aún dormía con la fotografía de su difunta primera mujer bajo la almohada. Y por si todo aquello fuera poco, ahora había invertido una fortuna en una bolsa que no hacía sino caer en picado.
La voz de Águeda en el corralón la sacó de su triste encierro de lágrimas e hicieron que los ojos de la mujer relucieran como dos peligrosas brasas encendidas:
-Reza porque no le pase nada a tu padre, pequeña zorrita mocosa, porque ese día tu vida valdrá menos que la de un gorrión. ¡Te lo juro!- Gruñó con voz gutural y los puños crispados.