Calixto oyó las risas de su madre y de su abuela desde la puerta cuando llegó aquella tarde de recoger el rebaño en el cortijo de don Marcelo.
Sonrió, adivinando la presencia de Águeda; la pequeña siempre las hacía reír.
-¡Ya estoy aquí!- Gritó desde la entrada, despojándose de la vieja bufanda-. Veo que os lo estáis pasando bien.
-Águeda nos estaba contando cómo es el nuevo San José que ha adquirío don Benito.
-Está bizco- dijo la niña.- Y como tiene la boca abierta, se le ven los dientes, todos mellados.
-¿Y quién es el artista?
Áqueda se encogió de hombros, muy seria.
-¡Deja de confundirla, Calixto!- le regañó la abuela, secándose los ojos llorosos con la punta del pañuelo.
-¿Te quedas a cená?- Preguntó Calixto.
Águeda asintió:
-Hoy papá no estará en casa y a mamá le dará igual que aparezca o no.
El tono de Águeda sonó profundamente triste y María y su suegra se miraron significativamente.
-Debería regresar a su casa, don Torrealba. Tal y como está, no le aconsejo salir en varios días. Se lo he dicho ya muchas veces y no quiere escucharme: vida tranquila y reposada, y olvide ya tantas salidas de negocios.
Don Marcelo se abotonó la camisa:
-No puedo hacer eso y lo sabe, doctor. Sabe que hay gente que no me perdona mi admiración y cariño hacia Francia y que me haya casado dos veces con el enemigo.
-Vamos, vamos… es usted un hombre apreciado y lo sabe.
-Sí, pero también sé que cuando Fernando VIII subió al trono, mi familia estuvo a punto de perder todo lo que tenía y yo no puedo arriesgarme a eso. He luchado mucho por lo que tengo como para dejar morir mis fincas y vivir de las rentas. Además, yo no soy hombre de estar sentado sin hacer nada. Necesito ocupar mis manos en algo.
-Y por lo que veo, también su estómago y sus pulmones. Está cada vez más gordo, don Marcelo. Y tanta grasa no es buena para el corazón.
-Pero, don Rafael, ¿y qué quiere que haga? Con lo que me muevo de un lado a otro, ¿cómo quiere que después me alimente de yerbajos?
Don Rafael movió de un lado a otro la cabeza, mientras reía indulgentemente y limpiaba sus lentes en un trapo.
-Ya. ¿Y qué me dice de ese whisky que tanto le gusta? ¿También le proporciona la energía que pierde con tanto ajetreo?
-No, pero compréndalo: me codeo con poderosos magnates, voy a cenas de negocios… sería de mal gusto y, sobre todo, perjudicial para mis asuntos despreciarles un whisky que compran especialmente para mí porque saben cuánto me gusta.
Don Rafael comenzaba, a duras penas, a ponerse serio:
-Y supongo que despreciarles los habanos también es perjudicial para sus negocios.
-Le confesaré que, en realidad, ése es uno de mis pocos caprichos.
-Sí, por supuesto. La comida y la bebida son tormentos obligados por el bien de sus negociaciones.
Don Marcelo miró atónito a don Rafael:
-Me da la impresión que se está burlando de mí, doctor.
Don Rafael, totalmente serio ahora, lo miró a los ojos y negó con la cabeza:
-En absoluto. Esto no es cosa de broma, don Torrealba. Debe moderarse en las comidas: nada de grasa, nada de alcohol. Y si por el momento no puede reducir el consumo de esos apestosos habanos, al menos baje el número a uno por semana.-. Don Marcelo fue a protestar, pero el doctor no le dejó pronunciar ni una sola palabra:- Y si sus colaboradores se ofenden, dígales que son órdenes médica. Que vengan a hablar conmigo. Y dé gracias que no le mande a una casa de curas, porque sé que eso sí perjudicaría gravemente sus negocios.
-Pero… ¡me está condenando a una vida prácticamente sin placer alguno! ¡Lo único que le ha faltado ha sido quitarme las mujeres!
-Si me hace caso, aún puede seguir disfrutando de ellas. Si no, me obligará a prohibírselas también. Don Marcelo, ese estertor al respirar, esos ronquidos de los que me dice que su mujer se queja y por los que han terminando separando las habitaciones y, sobre todo, ese leve dolor en su brazo izquierdo, no me gustan un pelo.
-Sí, a veces puede resultar muy molesto.
-Por eso mismo le incito a que me obedezca. Debe cuidarse.
-Lo intentaré- prometió don Marcelo.
Sin embargo, nada más salir de la consulta de don Rafael, se dirigió a todo galope a casa de don Augusto.
Deseaba saber en qué estado se encontraban el alcalde y su esposa.
Los filósofos, de Rubens
La conversación fue interrumpida por un criado, que anunció la llegada de don Marcelo Torrealba y don Augusto, despidiendo al coronel, se dirigió al hall para dar la bienvenida a su amigo.
Don Marcelo lo vio avanzar hacia él con paso seguro y rápido y tendidas las manos para estrechar las del visitante.
-¡Mi buen amigo! ¡Bienvenido! Por favor, póngase cómodo.
Don Marcelo aceptó el apretón del gobernador y se acomodó en uno de los sillones que el otro le señalaba.
-¿Y bien? ¿Por qué me llamaste con tanta urgencia? ¿Es que acaso el robo del “Azabache” ha sido peor de lo que parecía a primera vista?- Preguntó don Marcelo, transcurrido un tiempo prudencial y en vista de que don Augusto no daba señales de iniciar la conversación.
El otro soltó un suspiro de alivio por no haberse visto obligado a romper el hielo:
-Sí, ese hijo de mala madre sólo robó los caballos para tener entretenido al personal. Y lo consiguió. Vaya si lo consiguió. Mientras él ejercía de un aparente cuatrero sin experiencia, sus secuaces penetraron en la casa por detrás. Se han llevado joyas, cuadros y porcelanas muy valiosas-. Se dirigió al bar y seleccionó el mejor whisky que tenía-. Pero no es por eso por lo que le he hecho venir, don Marcelo. Ha sido para disculparme por la actuación de la otra noche en la parroquia. Don Benito, aunque propenso al enfado si se le toca su vino, no es rencoroso y enseguida me ha perdonado. Pero si hay algo que yo no puedo perdonarme, es el hablarle a usted como lo hice. Usted sabe lo mucho que le aprecio y que le debo muchas cosas…
-Por favor, don Augusto…
-No, no, por favor. Usted sabe que yo no olvido la forma en que arriesgó su vida por salvar a mi niña aquella vez que… en fin, lo único que le pido, humildemente, es que me perdone.
Don Marcelo sonrió bonachonamente:
-Esto está fuera de lugar, don Augusto. Estaba perdonado antes incluso que saliera como una tromba de la parroquia. ¡Por Dios, don Ordoñez, genio y figura hasta la sepultura!-Ambos rieron de buena gana-. Si hubiera visto la cara de su esposa cuando volvió en sí y vio que la había dejado allí…
-Si viera usted la noche tan mala que pasé en el sofá…
De nuevo volvieron a reír con ganas.
Cuando don Augusto se volvió, dio a su amigo con una expresión de disgusto, sujetándose el brazo izquierdo:
-¿De nuevo ese dichoso dolor?
Don Augusto asintió:
-Lleva unos días que no me deja. Ya pasa-. Sonrió-. Desde que me caí de “Peregrino”, no ha vuelto a estar bien del todo.
-Tome-. Don Augusto le tendió el vaso de whisky-. Esto le aliviará.
Don Marcelo tomó el vaso, lo miró detenidamente y sonrió de nuevo:
-Acabo de estar en la consulta de don Rafael. Me ha prohibido las grasas, los habanos y el whisky.
-¡Dios Santo! ¿Es que quiere hacer de su vida un infierno?
-Al parecer…-Don Marcelo apuró el whisky de un solo trago-. Qué sabrán los médicos. Lo único que quieren es amargarle la vida a uno. Parecen curas.
Don Augusto sonrió y volvió a llenarle el vaso.
-¿Y cómo va ese negocio que se traía entre manos?
-Maravillosamente. Don Damián Malpica ha aceptado comprarme la hacienda.
-¿”Rejoneo”?
-Sí. Ha pagado el doble de lo que esperaba y dentro de unos días firmaremos el traspaso. Es un hombre de los que quedan pocos, mejorando lo presente. No ha querido oír hablar de papeles. Aseguró que era suficiente con la palabra de caballero y con los testigos y le bastó un apretón de manos para pagarme por adelantado.
Don Augusto asintió:
-Un verdadero caballero, en efecto.
-He invertido más de la mitad de ese dinero en la bolsa. ¡Y nada más hacerlo, ésta cayó en cinco puntos!
-¿Y está tan tranquilo?
Don Marcelo se encogió de hombros:
-Ya volverá a subir. Siempre ocurre.- Bebió un sorbo del fuerte whisky-. Con el resto he pagado varias deudas que tenía pendientes.
-Es decir, ¿que ya no le queda nada de la venta del “Rejoneo”?
-Hombre, tanto como nada… esa bolsa terminará por hacerme rico y por asegurar el futuro de mi Águeda.
-Brindo porque así sea-. Sonrió don Augusto.