Pueblo Calañas, Huelva
A las ocho todos estaban montados en el carruaje que rodaba bajo una densa cortina de lluvia hacia la parroquia.
El padre Benito los esperaba bajo el dintel de la puerta, con un farolillo en la mano que brillaba alegremente entre las tinieblas.
-Una noche endiablada-. Masculló don Benito mientras ayudaba a bajar del carruaje a la señora y a Águeda, que corrieron bajo la lluvia, alzando sus vestidos, para guarecerse en la parroquia.
La cena resultó abundante y sabrosa y la conversación trivial, y durante cerca de dos horas todo transcurrió entre risas y parloteos hasta que los temas fueron tomando un cariz más serio y profundo y Juliette mandó cariñosamente a la niña que fuera a ver el nuevo San José que don Benito había comprado.
-Un nuevo pillaje de este calibre y serán capaces de destituir al alcalde- aseguró don Benito.
-Estoy de acuerdo-, asintió don MArcelo-. El embajador Aquiles Cerecero llegará de un día para otro y, si a la vuelta de su viaje para Madrid sufriera algún asalto, sería…
-Sería una catástrofe- interrumpió don Rodrigo Albéniz a don Marcelo.
-¡Imaginaos el revuelo! Todos los impuestos de Sevilla en manos de los bandoleros. Sería el fin de don Augusto Ordoñez como alcalde.-. Afirmó el comandante Juanes-. Y por descontado que el mío como comandante. Y el de mi teniente y el de mi sargento. Y si ahora el pueblo está descontento por nuestra forma de regir, cuando el nuevo gobernador llegue y le apriete las tuercas, corremos el riesgo de enfrentarnos a un levantamiento.
-Creo que exageráis, señores-, habló entonces con voz fresca y alegre Juliette.
-En absoluto, señora. Al contrario, estamos siendo demasiado optimistas.
-Si hay una cosa clara, es que no podemos arriesgarnos a que eso suceda.
-Muy bien, don Benito-, exclamó el comandante Juanes-, hasta ahí todos estamos de acuerdo. El quid de la cuestión es cómo vamos a evitarlo.
-¡Esto es ridículo!-. Estalló por fin don Augusto Ordoñez, alcalde de Almenas de la Sierra, a cinco kilómetros de Constantina-. Tenemos cientos de guardias patrullando por esos montes de Dios, somos cien veces más que ellos y ni siquiera somos capaces de encontrar una pequeña huella del paso de esos truhanes. ¡¿Cómo es posible?!
Don Marcelo Torrealba bebió un trago del oloroso vino de su vaso y asintió:
-Eso mismo me pregunto yo: ¿cómo es posible? Sin duda, ese “Azabache” y su banda de forajidos son los bandoleros más listos y bravos que cualquier otro de estas tierras y de estos dos últimos siglos. Y eso que Abel Sánchez apenas contará veintitrés años mal cumplidos.
-¡Peor me lo pone!- Gritó don Augusto Ordoñez-. ¡Más de cien hombres contra apenas doce! ¡Sargentos y tenientes que le doblan en edad y experiencia a ese cuatrero, a ese bandido, a ese hijo de mala madre! ¿Y para qué? ¡Para que se nos escape ante nuestras propias narices!
Don Benito tomó entonces la palabra:
-No arreglaremos nada a gritos.
-¡Tampoco sentándonos aquí a hablar tranquilamente mientras nos embotamos con comida y mediocre vino de misa!
El rubor subió a las mejillas del cura, herido en su orgullo por semejante adjetivo a un vino del que él estaba tan orgulloso, pues si bien no era, en realidad, más que vino de misa sin bendecir, también era cierto que era el fruto de sus cuidados a las vides y de sus desvelos por que la fruta madurara correctamente. Sus alambiques, aunque ya antiguos, estaban nuevos y le había costado mucho ahorrar para conseguirlos, así que no es de extrañar que la ira hiciera justa presa del párroco. Además, ¿así era como aquel desagradecido, por muy alcalde que fuera, le pagaba sus atenciones y preocupaciones y las molestias que por él se tomaba?
Se irguió de hombros, muy orgulloso y, rojo como estaba, ya iba a estallar, cuando la puerta de la estancia se abrió de golpe y apareció en ella don Prudencio Pedraza, primer oficial del cuerpo de la guardia civil que comandaba don Álvaro Juanes.

-Un nuevo ataque, señor-. Jadeó el pálido oficial, temblando como una hoja en parte por la carrera, en parte porque sabía que aquella noticia conseguiría que el malhumorado Augusto, hombre incapaz de controlar sus propios arranques de ira y sus impulsos, explotara como una bomba de relojería-. Su casa, señor Ordoñez… su casa ha sido saqueada.
-¿Cómo?- Farfulló don Agusto sin podérselo creer.
-Dios mío…-Herminia, la esposa del alcalde, palideciendo alarmantemente, terminó por desmayarse sobre el respaldo de su asiento.
-No han llegado a entrar en la mansión, señor-. Prosiguió el joven oficial, igual de pálido, si no más, que la desfallecida que ya estaba siendo atendida por Juliette-. Pero se han llevado todos los caballos de la cuadra y han herido a Tomás, el capataz.
El silencio se hubiera podido cortar con un cuchillo cuando el oficial Pedraza dejó de hablar.
Todos habían esperado que don Augusto estallara, rabioso, pero el alcalde permaneció con los puños apretados de tal forma que los nudillos estaban blancos y las líneas de éstos se habían borrado.
-Todos mis caballos…- susurró como ido.
Don Marcelo puso su mano sobre el hombro de don Augusto en un gesto tranquilizador y preguntó:
-¿Se sabe quién ha sido?
-Sin duda, señor-. Respondió el oficial-. “Azabache” y su banda.
-Bueno, no hay que ponerse nerviosos…
-¡¡POR TODOS LOS DIABLOS DEL INFIERNO!! ¡Por supuesto que no hay que ponerse nerviosos!- Gritó como un perro rabioso don Augusto-. ¡Porque no es de su puesto de trabajo ni de su casa de lo que se trata! ¡Pero, por Dios juro, que terminaré con ese “Azabache” aunque me cueste la propia vida!
Don Benito, rojo de ira no ya por sus vinos, sino por aquel juramento hecho en casa de Dios, se plantó ante el gobernador apuntándolo con el dedo:
-¡No blasfeme en esta casa!
-Y usted… ¡Váyase al infierno!
Y don Agusto apartó de un empellón a don Benito, salió de la parroquia y tomando el caballo del oficial Pedraza, se perdió en la noche a todo galope bajo una lluvia torrencial.
-No debe tenérselo en cuenta, padre-. Dijo don Álvaro-. No lo ha dicho queriendo. Las preocupaciones lo desbordan.
Don Benito exhaló un suspiro:
-Ya lo sé. Esos bandoleros no hacen sino complicarnos la vida. En fin, creo que se acabó la velada.
-Nosotros llevaremos a doña Herminia a su casa- dijo Juliette.
Y todos estuvieron de acuerdo.
hola issisgabriel . aqui agradeciendote el que me ayas enviado los siguientes capitulos de tu obra que me esta fascinando .
gracias me encanta .