Los tiempos que corrían no habían sido buenos para nadie a excepción de los tres o cuatro favorecidos.
Los españoles se hallaban descontentos y desilusionados, pero sobre todo, dolidos y heridos en su orgullo. Tras tantos años de lucha con los franceses, por fin habían conseguido hacer subir al trono a Fernando VII, el Deseado, aunque no había resultado ser lo que todos esperaban y, a su muerte, el pueblo celebró con grandes fiestas la subida al trono de Isabel II. Pero la alegría duró poco.
El carácter caprichoso y derrochador de la princesa (se hizo construir un teatro en su propio palacio mientras el pueblo se moría de hambre y miseria e hizo vender un patrimonio, que en realidad pertenecía al pueblo, cuando ocurrieron los disturbios de la Noche de San Daniel, entre otros, los cuales sumieron a España en una profunda crisis financiera. ), y las turbias circunstancias en las que se vio envuelta su madre, la regente María Cristina, acabaron finalmente por producir una rebelión que conllevó a la toma del poder de Espartero.
Sin embargo, en 1856, la reina volvió a tomar el poder con la ayuda de O´Donell.
El periodo de 1856-1863 fue una etapa de prosperidad económica y de relativa tranquilidad, pero a partir de 1863, la reina volvió a romper el equilibrio, para apoyar un deslizamiento hacia la derecha.
Toda España estaba pasando penurias, excepto los grandes terratenientes y nobles, y el descontento provocado por los excesos de Isabel II y su desprecio por el pueblo llano se hacía notar con más violencia en las tierras de Andalucía. En aquella Andalucía de hambre, de pan duro, de caracoles guisados en última instancia para apaciguar los pinchazos del estómago. La Andalucía que se retorcía de impotencia y dolor, la Andalucía que se rebelaba ante el engaño y la opresión, la Andalucía que, con el puño en alto y el grito silencioso en los labios, se negó a aceptar la opresión de la monarquía, echándose al monte como aquel mítico forajido inglés y su banda de “Hombre Alegres”.
Y su padre fue uno de aquellos que, descontentos con su suerte, sin posibilidad de prosperar en la vida con su mísero jornal de pastor, sin poder ahorrar nada, puesto que hasta su propio patrón le cobraba por moler el trigo en su molino, se echó a la sierra, abandonando a su familia y argumentando, y con razón, que la vida de bandolero no era para mujeres y niños, y mucho menos para los de él.
Calixto no sabía cuántas noches había sentido llorar a su madre y a su abuela comentar:
-Más nos valdría haber seguío siendo una familia unía.
-Sí, mientras nos pudríamos en la miseria-. Argumentaba María, siempre defendiendo a Eustaquio aún a pesar que no estaba de acuerdo con el camino que había tomado.
-Como si hubiera alguna diferencia ahora. Además, la poca comida que comemos con ese dinero es…
-¡Es nuestro!- se revolvía María como una fiera-. Eustaquio lucha por nuestros derechos, ¿o es que debemos dejar que la bota que aprisiona nuestro cuello nos hunda definitivamente en el lodo, callando nuestras bocas y el grito de nuestros hijos, que se mueren de hambre?
-No, por supuesto que no- murmuraba, vencida, la abuela-. Pero debe habé otro camino.
María entonces daba la espalda a su suegra:
-¿Qué otro camino?
-No lo sé. Pero otro que te permita salí a la calle sin que te señalen con el deo por su abandono. Es una verguenza y lo sabes. Y ese hijo mío… no acabará bien. Lo fusilarán.
-No diga usté eso- replicaba sin fuerzas María.
La abuela callaba, pero al poco volvía a decir:
-Lo mejó sería que se despeñara por esos montes, y bien sabe Dios que nadie lo lamentaría más que yo pero, al menos, ya no serías una abandoná y nadie nos señalaría como la familia del bandío.
-Eustaquio no me ha abandonao.
-Como si lo hubiera hecho.
Y María salía de la casa a tender, aunque Calixto sabía que lo que hacía era llorar su suerte, apoyada en la pared trasera de la casa. Y aquellas escenas se repetían tarde sí y tarde también.
¿Qué sabía nadie del dolor de María, de su soledad por las noches entre las delgadas y finas sábanas del lecho, sin el calor de su hombre a su lado? ¿Qué sabía nadie de su total abandono cuando estiraba el brazo y tan sólo tocaba el hundimiento que el cuerpo de Eustaquio había dejado, como único recuerdo, en el viejo colchón tantos años compartido? ¿Qué sabía nadie de sus lágrimas por no poder abrazar aquel cuerpo delgado que tan bien conocía, ni de sus celos cuando imaginaba a su hombre en brazos de alguna de aquellas salvajes mujeres bandoleras que a veces acompañaban a sus amantes? Y bien sabía ella que su marido jamás había abandonado su lecho para acostarse en el de cualquier otra, pero, ¿cuánto tiempo hacía que se había ido? ¿Seis meses, un año? Demasiado tiempo para un hombre sin desahogarse. Hasta el más honrado y fiel marido hubiera sucumbido ante cualquiera después de tanto tiempo.
Sólo una vez desde que se fue, había visitado a su familia. ¡Una vez en un año! ¡Y qué noche tan corta!, pensaba María.
Después de cenar y de que todos se hubieran acostado, Eustaquio la cogió entre sus brazos y la llevó al campo, a los pastos donde tantas veces había sacado a pacer las vacas de don Bonifacio Peralta, y allí le había hecho el amor hasta tres veces, bajo las estrellas de marzo y la luna llena, con el sonido de la brisa entre los árboles y la suave hierba por lecho.
Y María, qué cambiado lo había encontrado. Ya no estaba esquelético y huesudo como antes: sus brazos y piernas se habían robustecido, sus hombros se habían enderezado, desapareciendo aquella carga de espaldas, y en sus ojos oscuros brillaba una luz nueva, llena de esperanza. La libertad hace milagros.
Le pareció que le habían cambiado a su Eustaquio por un dios bajado del mismísimo cielo.
-Llévame contigo- le había pedido, acariciando aquel pelo largo y alborotado y las mejillas barbudas.
-No-. Se había negado-. Las únicas mujeres que hay allí son unas perdías y tú eres una mujé decente. No quiero tené que compartirte con alguien y tené que verme obligao a matá a un compañero. Allí las mujeres que hay son de todos y nadie tiene derecho sobre ninguna de ellas más que el que pueda tené el de al lao.
A ella le hubiera gustado preguntarle si había hecho gemir a alguna de aquellas perdidas, como él las llamaba, como la había hecho gemir a ella aquella noche, pero no encontró las palabras y ya Eustaquio volvía a acariciarla, sediento de ella, con una delicadeza y dulzura como nunca antes lo había hecho.
La madrugada los sorprendió despidiéndose en la cañada; María llorando desconsolada, abrazada a su marido sin querer soltarlo; Eustaquio abrazándola tiernamente, con el rostro hundido en sus cabellos.
-¿Cuándo volveré a verte?- Le había preguntado ella.
-No lo sé- fue la sincera respuesta.
La besó y dio media vuelta en su caballo, sin volverse ni una sola vez, porque no quería verla allí de pie, mirándolo suplicante. Sabía que si se volvía, rompería su juramento y se la llevaría con él. Y su corazón latía fuerte y lleno de odio contra la reina, el Deseado, los franceses, los nobles y todos aquellos que lo habían separado, desde mucho antes que él tomara conciencia, de su familia y lo habían empujado al monte. A una vida libre, sí, pero de sobresaltos y correrías.
Sí, ¡qué noche tan corta! Y ya hacía cinco meses de ella, siempre con el miedo de que la guardia civil diera con él, de que lo encontraran muerto en cualquier camino y dejándola sola teniendo que sacar adelante a un hijo de quince años y a su suegra, que cada día le recordaba su suerte.
Al día siguiente de aquel encuentro con su esposo, Calixto llegó a casa con la ropa desgarrada y sangrando por el labio y la sien.
María dejó las costuras que debía entregar esa misma tarde y corrió hacia él.
-Pero, ¿qué te ha pasao?- se asustó la mujer.
Y Calixto le explicó cómo, de vuelta de pedir trabajo sin éxito, había visto a unos chicos zarandeando a una niña de un lado a otro y él la había defendido. Los otros chicos, olvidando a la que hasta entonces había sido objeto de su singular diversión, centraron su odio hacia aquél que los había interrumpido y que ya algunos dedos acusadores lo señalaban como el hijo de Eustaquio, el “Aceituno”, por lo renegrida que se le había vuelto la piel desde que se metió a asaltador de caminos con el “Azabache”.
-Su negra alma asesina se le refleja en la piel- se decía en voz baja.
Aunque de todos era bien conocido que el bandolero “Azabache” seguía el curso de sus precursores en el bandolerismo. No se le conocían delitos de sangre, era caballeroso y educado con las damas y gentil y de perfectos modales con los caballeros. Sin embargo, cada vez que atacaba los carruajes y a sus ricos ocupantes, los nobles y la guardia civil apretaban las tuercas a los ciudadanos subiendo los impuestos y disminuyendo los salarios en un intento porque les delataran su guarida y recuperar lo perdido de esta forma. De ahí que muchos desearan echarles el guante y le tuvieran tanto odio.
Fue así como Calixto entró a trabajar para don Marcelo Torrealba, pues Águeda, nada más llegar a su casa, contó a su padre lo que le había sucedido:
-En ese caso habrá que ir a darle las gracias a ese rapaz-. Había dicho el caballero-. Y compensarle su valentía. ¿Cómo has dicho que se llama?
-Calixto, padre. Es hijo de María, la mujer a la que mamá le lleva la ropa. Dice que es más barata que cualquier otra.
El rico terrateniente, don Rodrigo Albéniz y el comandante de la guardia civil don Álvaro Juanes, que se hallaban reunidos con don Torrealba, y que sonreían ante la gracia de la hija de éste, se estremecieron y sus sonrisas se helaron.
-¿Calixto? ¿El hijo de María, la costurera? Pues mejor haría en olvidar su buena fe, don Marcelo.
El señor Torrealba se volvió a los dos hombres:
-¿Y eso por qué?
-Pues porque de todos es bien sabido que Eustaquio…- don Rodrigo Albeniz se interrumpió y fijó su mirada en Águeda.
Don Marcelo se inclinó sobre su hija y la besó en la frente:
-Anda, ve a que la tata Catalina te limpie ese rasguño y esos churretes.
La niña sonrió y salió brincando como una cabrita traviesa en busca de su tata.
Don Marcelo cerró la pesada puerta de corredera tras ella y se volvió hacia sus dos invitados.
-Por favor, don Albeniz, continúe.
Don Rodrigo dejó su vaso de whisky sobre la mesa:
-Decía que de todos es bien sabido que Eustaquio no se ha ido con otra abandonando a su familia, sino que se echó al monte y ahora anda con ese malnacido del “Azabache”, atacando los carromatos y saqueando cuanto puede. Se le conoce por el sobrenombre del “Aceituno”, y a su familia es a la que quiere favorecer usted ahora.
Don Marcelo Torrealba dio una larga calada a su apestoso puro y expulsó el humo poco a poco, mientras miraba fijamente al teniente Juanes.
Luego, tras beber un sorbo de whisky, asintió:
-Sí, es posible que Eustaquio se liara con esos bandoleros.
-No es posible, es seguro. Don Bonifacio Peralta no podía creérselo. ¡Le robó a su propio patrón más de cincuenta reses aquella noche que desapareció!
-Sin embargo, no podemos condenar a toda una familia por lo que ha hecho un miembro de ésta, maxime cuando se están muriendo de hambre. Y de bien nacido es el ser agradecido. Quizás pudiera darle al chico un trabajo en mi casa.
-¡Magnífico! ¡Va a meter al lobo en su propio hogar!
-Don Albéniz, creo que exagera…
En ese momento el, hasta entonces callado y firme teniente de la guardia civil, don Álvaro Juanes, carraspeó y dijo:
-Creo que don Albéniz tiene razón. Nos hemos reunido aquí para hablar del último pillaje del “Azabache” y usted nos viene ahora con que pretende recompensar al hijo del “Aceituno”. Y no sólo eso, sino que quiere darle un trabajo en su casa. Pero, ¿qué es lo que pretende, que una noche el chico le deje la entrada franca a esos bandoleros y éstos arrasen su casa pasando a cuchillo a todos los durmientes?
Don Marcelo no pudo evitar soltar una carcajada:
-Pero, por favor, parecemos mocosos asustados por el coco. Sólo hablamos de un niño. Y por supuesto que no tengo ninguna simpatía por esos asaltantes, pero también es cierto que el “Azabache” no permite que sus hombres derramen sangre. Hasta ahora no ha habido muertos entre las víctimas.
-Que nosotros sepamos- masculló don Rodrigo.
-¿Acaso no conocéis el dicho del “Azabache”…?
-Y usted, señor Torrealba, ¿no conoce el dicho de: “De tal palo, tal astilla”?- preguntó, interrumpiéndolo, don Rodrigo.
-Sí, por supuesto. Pero no creo que pase lo que teméis. Y aunque así fuera, tan sólo sería responsabilidad mía.
-De eso no cabe la más mínima duda- dijo el teniente-. Nosotros le hemos prevenido y nunca podrá reprocharnos nada. Nuestra conciencia está tranquila.
-Además, ¿acaso creen que pondría las vidas de mi hija y de mi mujer en peligro?
Don Rodrigo Albéniz sonrió:
-Por supuesto que no. No deliberadamente. No lo estamos acusando de semejante atrocidad. Pero su peor defecto, don Torrealba, es que es usted demasiado confiado. Vería buena voluntad hasta en un toro bravo que lo embistiera.
-No exagere, don Albeniz. Y ahora prosigamos la conversación en el punto en que la dejamos cuando entró mi niña.
-Más vigilancia en los caminos-. Dijo don Álvaro-. El problema está en planteárselo al alcalde.
Y así fue, repetimos, como Calixto entró a trabajar en la casa de don Marcelo.
