Los primeros fríos hicieron su aparición en Octubre. Llegaron precedidos por un fuerte viento que arrastró a su paso las hojas de los árboles y que hizo agitarse las ramas cubiertas de oro. Y tras ellos, comenzaron a caer las gotas de lluvia. Luego volvió a salir el sol, un disco de fuego que apenas calentaba, pero que era suficiente para disipar la niebla que se enroscaba alrededor de los picos de las montañas azuladas. La luz sacó destellos de los charcos en los caminos y del blanco impecable de las fachadas de las casas de tejados de pizarra.
-¡Calixto!
El pastor vio avanzar a la chiquilla a través del pasto verde y resbaladizo, brillante tras la lluvia caída.
Las negras trenzas golpeaban su espalda mientras corría, con una alegre sonrisa en la cara y la tez arrebolada por el frío y el esfuerzo de subir la fuerte pendiente de los pastos.
De su brazo colgaba una cesta cubierta por un paño verde.
-¡Te olvidaste el almuerzo en casa!- Gritó la chica antes de llegar a la altura del muchacho.
Calixto sonrió y avanzó hacia ella. Había conocido a Águeda hacía unos meses, cuando la defendió de unos mozos que la zarandeaban de un lado a otro.
Cuando Águeda lo vio dirigirse hacia ella, paró y, apoyando sus pequeñas manos sobre las rodillas, se inclinó para tomar un respiro.
El aliento escapaba de su boca jadeante, enfriándose en el aire helado.
-Mira,- consiguió decir cuando Calixto se llegó hasta ella-. Echo humo como tu abuelo Paco cuando fuma.
Y exhaló aire dos o tres veces.
Calixto sonrió mientras la miraba.
El rostro de Águeda era dulce y sonrosado y hubiera podido llegar a ser bonita si no hubiera sido por aquellos rasgos característicos que proclamaban a gritos su deficiencia mental: ojos muy negros y demasiado juntos, nariz proporcionada, ligeramente achatada y labios sonrosados y gruesos.
-Cualquier día vas a olvidarte la cabeza-. Águeda remedó a la madre de Calixto, María, que repetía aquella frase a su hijo como rezaba los Padrenuestros y los Avemarías.
Calixto libró a Águeda del peso de la cesta.
-¿Te has mojao?- preguntó la niña mientras seguía al pastor hasta el rebaño, que pastaba tranquilamente la recién regada hierba.
-No. Reuní a tiempo al rebaño y me refugié con él en la Cueva de Nuestra Señora.
-¿Encontrarás tú alguna vez una Virgen, Calixto? ¿Como los pastores de las historias?
El joven, cinco años mayor que ella, sonrió:
-No creo.
-Me gustaría que encontraras una. Papá le construiría una bonita ermita.
Calixto se dispuso a extender el mantel sobre la hierba:
-Con la Señora del Pan ya hay más que suficiente. ¿Pa qué queremos otra patrona?
Águeda se encogió de hombros y miró a las ovejas.
-¿Dónde está “Trástara”? ¿Se ha perdío?
-No. Anoche, cerca ya de la madrugá, tuvo una cría. Pedro no ha creído conveniente que la sacara hoy.
Águeda, con la boca abierta, se quedó mirando a los animales, perdida en sus pensamientos.
Calixto terminó de sacar la comida y acercándose a ella, puso un dedo debajo de la barbilla y le dio un toque suave hacia arriba.
-Que te van a entrá moscas.
Águeda salió de su ensimismamiento, rió tontamente y cerró la boca. Luego, como si hubiera recordado algo, estrechó la mano de Calixto.
-Ahora tengo que irme. Espero que no pases mucho frío.
-Pero, ¿no te quedas a comé?
-No puedo. Prometí a mamá que estaría a tiempo para arreglarme. El cura nos ha invitado a una cena en la parroquia. Iremos todos.
Calixto la miró:
-Todos.
Águeda asintió sin llegar a comprender muy bien la mirada de su amigo. Se le quedó mirando unos momentos y luego, extendiendo la mano, la agitó alegremente:
-Hasta luego.
Calixto la vio alejarse, brincando jovialmente.
Ermita de la Cruz, Jaen, España
Águeda era hija del rico heredero Don Marcelo Torrealba, dueño y señor de medio pueblo y propietario de los grandes cotos de caza, molinos de piedra a lo largo del río y cerca de tres mil cabezas de ganado.
Tras varios años casado con una hermosa dama francesa, consiguió, al fin, dejar en estado a su esposa, que murió al dar a luz a una niña que Don Marcelo juró proteger para siempre. Sin embargo, aquel juramento quedó invalidado frente al profundo amor que sintió por la pequeña nada más nacer.
Águeda había sacado los grandes y oscuros ojos de su madre, los negros cabellos de su abuela paterna, así como la ancha frente de lirio y sus manitas regordetas y de encantadores hoyuelos en los nudillos y las muñecas. Y, por último, el porte y la orgullosa, aunque natural y carente de soberbia, forma de andar de los nobles antepasados de los Torrealba.
A los pocos meses de la muerte de la primera esposa, don Marcelo casó en segundas nupcias con la hermana de éste, Juliette, que era a quien la pequeña Águeda llamaba, inocentemente, mamá. Según las malas lenguas, Juliette había estado enamorada desde siempre del esposo de su hermana. Se comentaba también, en voz aún más baja, que no sentía ningún apego por su hijastra y que, si lo disimulaba tan bien, era porque sabía la debilidad de su marido por la pequeña.
Sin embargo, Calixto sabía que aquello no eran simples cotilleos maliciosos, pues en más de una ocasión había sido testigo de cómo la señora le había hablado de forma harto brusca y antipática, con la seguridad de que los sirvientes no contarían nada a su marido. Ella sabía cerrarles la boca, como ya intentó con Calixto.
En la primera ocasión que se supo descubierta y, peor aún, reprochada por la mirada de aquel mocoso, avanzó muy digna hacia él y colocó una pesada moneda en la mano del joven.
Calixto la había contemplado con ojos como platos y luego miró a la mujer.
-Sé que puedo contar fielmente contigo- había sonreído ella.
Calixto comprendió, volvió a poner la moneda en la mano de Juliette e hizo una rápida inclinación con la cabeza:
-Mi fidelidad no se compra, señora.

Dio media vuelta y se fue, aunque dolido por su idiotez, puesto que aquella moneda era más de lo que él ganaba en un mes y haberla aceptado hubiera significado resolver varias pequeñas reparaciones en la choza de su madre.
Días más tarde, cuando volvió a sorprender a la señora hablándole tan agriamente a Águeda, la primera volvió a dirigirse a él al notar el reproche en los ojos del pastor:
-Tu fidelidad no se compra, pero llegará a tener un precio si dices una sola palabra de lo que has visto, porque saldrás de esta casa sin trabajo y aún más desarrapado de lo que llegaste.
Y Calixto sabía muy bien en qué condiciones había llegado al enorme y majestuoso caserón de don Marcelo Torrealba.